lunes, julio 28, 2008

AL FILO DE LA PISCINA

El impresionante relato de la muerte de Sócrates que cierra el Fedón me lleva a la Apología o discurso de defensa que Platón puso en boca de su maestro, y al Critón, el diálogo en el que Sócrates, en vísperas de su ejecución, rechaza una propuesta de evasión y justifica la necesidad de acatar las leyes de la ciudad incluso cuando éstas le son adversas a uno. Leer estos textos solemnes en vacaciones y al filo de la piscina podría parecer incluso poco respetuoso. Pero la piscina y la gente que en ella se congrega ofrecen una especie de modelo benevolente de lo que puede ser una sociedad civil bien ordenada; y éstos textos hablan de lo que hay detrás de esa apariencia benévola, de esa piel de cordero que tanto gusta de vestir el lobo.

Lo malo de ciertas lecturas demasiado pasadas por el tamiz de la escuela -la Apología, que traducíamos en las clases de griego; el Critón, del que deriva el tópico de "antes morir que desobedecer las leyes de la polis"- es que con facilidad puede uno conformarse con que el texto le confirme lo ya sabido. Sin embargo, la sutileza de Platón invita siempre a ir más allá. ¿De verdad Sócrates se sacrifica por afirmar el mero principio de obediencia a la ley? Yo diría, más bien, que, de entre dos males, elige el menor, y que lo hace con una lógica no del todo ajena al modo de pensar del hombre de hoy. Entre la muerte civil, en efecto, que es lo que resultaría tanto de reconocer sus culpas a cambio de la atenuación de la pena como de intentar esquivarla mediante la evasión, y la muerte física, que es lo que la letra de la ley le reserva, Sócrates elige lo segundo porque, entre otras razones, a su edad no puede aceptar la desautorización y el desprestigio de cuanto ha sido hasta entonces su vida; y sacrificar todo eso por evitar la muerte resulta, como dice en más de una ocasión, impropio de un anciano que ya ve próximo el fin natural de sus días.

Pero además Sócrates lleva a cabo la primera hazaña computable a un individualismo que todavía no quiere decir su nombre, y que ni siquiera acertaba a ser formulado en términos reconocibles para el hombre de hoy . El gesto de Sócrates es la primera derrota seria que un individuo inflige al Estado. Porque el Estado democrático que condena a Sócrates prefería mil veces castigar a éste con la muerte civil antes que con la muerte física. Las democracias, incluso las que admiten la pena de muerte, prefieren siempre la anulación del adversario antes que su eliminación. Entre otras razones, porque la opinión pública, de la que dependen, es voluble y tiende a desdecirse de su apoyo a la pena capital en cuanto aparece la más mínima duda sobre la conveniencia de ésta; mientras que el descrédito y la muerte civil del disidente, por injustos que sean, le pasan más fácilmente desapercibidos. Sócrates bien pudo acogerse a cualquier recoveco legal para que le conmutasen la pena capital; o evadirse, asumiendo, en ambos casos, el descrédito que afecta por igual al justamente condenado y al prófugo; pero prefirió poner al Estado contra las cuerdas y desafiarlo a mostrar su lado más inflexible, el fondo de crueldad inapelable que subyace a cualquier forma de poder.

Cierro el libro y miro a los bañistas. Y me parece oír, en alguno de los corrillos, el razonar de un anciano apenas envuelto en una toalla que le cae por los hombros. Y luego hay quien cree que las libertades las inventaron en los climas fríos.

8 comentarios:

Diego Fernández Magdaleno dijo...

Es una elección, en Sócrates, inevitable. De lo contrario, todo aquello que fue su vida sería borrado por completo.
Saludos,
Diego

conde-duque dijo...

Hola, José Manuel.
Desde el otro filo de la piscina, con una cervecita helada en la mano, tengo que oponerme totalmente a tu interpretación.
En primer lugar, no creo que Sócrates eligiese la condena a muerte por miedo al desprestigio de lo que significaba su vida ni al honor ni nada parecido (que se mediría en la opinión que los otros tienen hacia uno), porque si algo hizo a lo largo de su vida Sócrates fue precisamente ir en contra de ese posible prestigio social, molestando a unos y otros, picándoles con sus preguntas para que se diesen cuenta de que no sabían aquello que creían saber (destrozando prejuicios y opiniones establecidas), rechazando todo tipo de "honores", hasta acabar como acabó (condenado a muerte por molesto, por pesado); digamos que es parte intrínseca del método filosófico, de la ironía socrática. En todo caso podríamos hablar de desprestigio u honor respecto a la posteridad (lo que significa su vida como ejemplo); eso lo podemos pensar nosotros, ahora, pero adjudicárselo a Sócrates me parece muy complicado, porque sería como si él se tomase a sí mismo como símbolo, cosa muy poco socrática (aunque sí platónica; quiero decir, que Platón podría tratar de presentarnos a su admiradísimo maestro no sólo como ejemplo, sino también como símbolo casi sagrado). Me explico: no es lo mismo ser ejemplo o modelo de conducta (no en actos concretos, sino como actitud; algo que no se hace siendo consciente de la propia imagen, sino quizás como cumplimiento del deber, siguiendo la voz de la conciencia, del "daimon") que ser símbolo encarnado, autoconsciente. Sócrates, según lo veo yo, sería claramente lo primero. Lo que quiere es cada uno sea capaz de pensar por sí mismo.
En cuanto a la tensión individuo-Estado, son términos totalmente modernos (con "modernos" quiero decir "no griegos"), inaplicables al hombre público (político) griego, que asume como propias las atribuciones del Estado como virtudes políticas. Son dos paradigmas inconmensurables. Atribuir a una mentalidad categorías de la otra me parece un error.
Y ahora me voy a dar un chapuzón, porque todo lo que he dicho lo tendría que explicar, matizar y discutir mucho más. Durante horas, a la sombra, con un buen gazpacho en la mano y tinto de verano.
Un saludo.

conde-duque dijo...

Cuando decía lo de que "asume como propias las atribuciones del Estado como virtudes políticas" me refería al "Estado justo" (que en Platón sería ideal), no al Estado concreto (democrático) de su época.

TOMÁS dijo...

Tu lectura demuestra que estos textos contienen aún muchas posibilidades de interpretación, por eso pertenecen a los textos de una cultura tan poderosa.
http://tropicodelamancha.blogspot.com
P.D. Mañana estaré en Cádiz, no sé si estás por allí, sería interesante.

Anónimo dijo...

Te suelo leer, José Manuel. Copio dos entradas recientes de mi diario que me parecen relacionadas con estos días tuyos.


“La playa eleva el coeficiente intelectual. ¿De qué, si no, esta tranquilidad, placidez, calma, buenas caras, aspecto de satisfacción en tanta gente? Parece una república de sabios. En la playa no hay curas ni ninguno de sus avatares. La mayoría de los libros de pensamiento, aquí parecen fruto de los líos del mundo exterior, del mundo de la gente que no está en la playa.”

“Moscas a cañonazos. Un pequeño divieso en la ingle ha ensombrecido levemente estos días de playa. Ayer, por casualidad, le aticé al divieso el capítulo XX del Libro I de los Ensayos. “De cómo filosofar es aprender a morir”. Me quedé como nuevo.”



En cuanto a lo de Sócrates, tal vez haya que hacer caso a Jenofonte. Sócrates era viejo y estaba cansado. Ya no era el momento de escapar, como le proponían sus amigos, y andar por ahí tirado, fuera de casa. Y fue lo suficientemente listo como para saber que, al elegir la muerte, sería añorado y recordado. Yo creo que aquello fue un suicidio. Sin cicuta, a lo mejor hoy no sabríamos nada de Sócrates.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me gusta eso de la "república de sabios", amigo anónimo. Y, en verdad, casi se ha congregado aquí una república playera de ese tipo. Como dice conde-duque, son cosas para discutir a la sombra, con un gazpacho o un tinto de verano en la mano. Toda la filosofía griega tiene ese matiz de discusión amistosa bajo un cielo clemente.

Naturalmente, acepto las objeciones de conde-duque, que yo mismo me había planteado ya (de ahí mis prevenciones respecto al "individualismo que no quiere decir su nombre", por ejemplo). Pero me han atraído mucho las sutilezas psicológicas de los diálogos, y en los concernientes a la muerte de Sócrates no he podido dejar de notar las continuas referencias del filósofo a su edad. Que fuera viejo y no le pareciera oportuno desmentir con un acto vergonzoso cuanto había defendido en vida no niega la coherencia de su método filosófico, sino que lo refuerza con poderosas razones vitales. Yo no puedo evitar que sea eso precisamente lo que ahora me emociona e interesa de estos diálogos, y que sea ésa la lección que creo aplicable a la realidad que vivimos, en la que cada vez son más necesarios los gestos individuales de resistencia al Estado y a la presión social. Naturalmente, no sometería mis interpretaciones a un tribunal de expertos, que sé que las encontraría mal fundadas. Pero permítaseme que las mantenga aquí, en privado, mientras apuro esta bebida fresca, a la sombra, y continúo este hermoso diálogo filosófico que entre todos hemos puesto en pie.

arati dijo...

La muerte de Sócrates es una de esas muertes “simbólicas”, una representación del momento de morir que ha resultado emblemática en la cultura occidental.

En ese último diálogo Sócrates habla con sus discípulos sobre la inmortalidad del alma y luego mansamente, serenamente, consecuentemente con como llevó su vida, toma la cicuta… “al cabo de un rato tuvo un estremecimiento, y el hombre le descubrió: tenía la mirada inmóvil. Al verlo, Critón le cerró la boca y los ojos.”

Ese modo de morir no coincide con la descripción médica de una muerte por cicuta, que al parecer comporta delirios y una dolorosa agonía.

Coincido con conde-Duque: tal vez Platón no se inventó a Sócrates pero sí recreó para la posteridad esta escenificación de su muerte: nos lo presenta sereno y hablando hasta el último momento. En este relato la muerte, la temida, la fatal, se convierte en gracias al poder de la razón y la palabra en una elección, en un acto de libertad de Sócrates.
Incluso ante lo más ineludible Sócrates consigue elegir.

Esta hermosa representación sobre los poderes de la razón para vencer el miedo a la muerte es una idea tan fascinante que nos ha tenido atrapados durante siglos.


Les recomiendo vivamente “La Muerte sin Escena” de Nelly Schnaith, (colección Blabec de café Central, Barcelona abril de 1997).


Disfruten del verano y sean felices. Me voy a mi cervecita.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Arati. Platón, tan amante de los detalles, no hubiera desdeñado esa cervecita.