viernes, julio 04, 2008

BOMBILLAS

Si prospera la propuesta aprobada por el Parlamento hace unos días, los españoles tendremos un plazo de tres años para sustituir las tradicionales bombillas de filamento por las llamadas “de bajo consumo”. Esta medida, dicen, supondrá un gran ahorro energético. A lo que uno, naturalmente, no tiene nada que oponer. Si me preguntaran, en cambio, si prefiero la luz blanca, fría y sanitaria de las bombillas de bajo consumo a la luz amarilla y cálida de las de siempre, ya no sabría qué decir. Entramos en el ámbito de las subjetividades; como ocurrió, en su día, cuando los discos de vinilo fueron sustituidos por los cedés, y a uno le dio por echar de menos el ruidillo del roce de la aguja en el surco, y por pensar que éste era un requisito indispensable para una buena audición musical, y que sin ella los sonidos parecían surgidos directamente de un limbo electrónico, sin calor ni alma… Y es que ese runrún de fondo de los discos de surco me servía para imaginar los trebejos de los músicos, el ajetreo callado de los técnicos del estudio, el ambiente cálido de la grabación. Los nuevos discos, en cambio, transmiten una involuntaria sensación de asepsia. O quizá, simplemente, lo que ocurre es que todavía no hemos inventado fantasías adecuadas a las características del nuevo sonido.

Con lo de las bombillas, supongo, nos veremos en un trance parecido. En tres años, si se cumple la previsión parlamentaria, la práctica totalidad de los espacios que habitamos estará iluminada por bombillas de bajo consumo. De noche, el mundo se teñirá de un blanco ligeramente espectral, y olvidaremos el elemental principio de que la luz viene del fuego (al fin y al cabo, eso son las bombillas tradicionales: un filamento que arde) y, por tanto, es hermana del calor, y concebiremos la idea algo chocante de que el fluido lumínico es una materia fría que circula por tubitos retorcidos, como un fantasma enjaulado. No será lo mismo, claro. La luz, al igual que el sonido, también tiene potestad sobre la memoria y el ánimo, como lo demuestra el hecho de que, sobre todo al atardecer, cuando la variedad de matices de la luz es más amplia e impredecible, un simple cambio de tonalidad del cielo basta a veces para despertar en nosotros sensaciones olvidadas, recuperadas de alguna época remota de nuestras vidas.


Por eso es de prever que, cuando todas las casas tengan la nueva luz impuesta por decreto, habrá quienes, en un acto a medias contestatario y nostálgico, sacarán de un cajón la bombilla proscrita, la enroscarán en el portalámparas y experimentarán, en una atmósfera de cierta clandestinidad, un regreso a lo que fueron y sintieron. Miren por donde, eso también habremos ganado: además de una mayor eficiencia energética (que es de desear), un nuevo campo para la íntima disidencia, si acaso todavía más necesaria.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Mery dijo...

También nos queda el recurso de encubrir la frialdad con tulipas de colores. A fin de cuentas es lo que hacemos en nuestro devenir cotidiano: solapamos la crisis, adornamos a los políticos al quedarnos con sus gracietas solamente.
Adornemos también nuestras lámparas.