sábado, julio 19, 2008

INCENDIOS

Según el día y el ánimo, uno puede ver en las ciudades verdaderos milagros de convivencia o desolados campos de batalla. No depende de las estadísticas, sino del impacto que causan en nosotros ciertos pequeños detalles cotidianos. A mí me llena de optimismo, por ejemplo, ver que todas las mañanas alguien madruga para abrir el pequeño quiosco en el que compro el periódico. Y me causa una enorme desazón, en cambio, una simple pintada, que venga a sumarse a los muchos destrozos gratuitos que se pueden constatar durante un paseo, y que dejan en nosotros la impresión de vivir en un entorno hostil, rodeados de enemigos agazapados.

Entre una y otra impresión, busca uno el término medio para ir tirando. Y supongo que ese término medio se basa en una especie de extrapolación optimista de las estadísticas. En la idea, por ejemplo, de que, por cada farola reventada a pedradas en una calle poco frecuentada, hay decenas que permanecen intactas en otras áreas más clementes de la ciudad. Una ley similar rige respecto a las fachadas recién pintadas, los parques públicos y el interior de los ascensores: cualquiera puede mancillarlos o destrozarlos; pero el hecho mismo de que siga habiendo fachadas impecables y parques y ascensores intactos certifica nuestra fe en que ese impulso destructor no es general ni, en el peor de los casos, está lo bastante extendido para impedir que un número suficiente de esos objetos y lugares dejen constancia de que pueden existir en las mejores condiciones posibles.

Pero también este optimismo estadístico es frágil. Leo que en el casco antiguo de Cádiz han ardido varios patios interiores en un breve intervalo de tiempo, y que hay sospechas fundadas de que todos esos incendios han sido provocados. Otra característica de nuestras ciudades es que en ellas es relativamente fácil alcanzar cierta notoriedad, aunque sea furtiva, mediante un pequeño número de actos bien calculados. Y es muy posible que ahora mismo, en cualquier zaquizamí de la ciudad, alguien esté gozando secretamente de la repercusión lograda por esta lamentable hazaña; que algún ego pequeño y poco exigente, en fin, sienta que la notoriedad derivada de la misma compensa sobradamente las posibles contrariedades que le hayan llevado a esa actitud dañina y rencorosa. Puede que ésa sea la clave del vandalismo: que el vándalo descubre en carne ajena que el temor, la inseguridad y la vulnerabilidad tienen causas aleatorias; y que, por tanto, las cosas que él mismo teme son igualmente irrelevantes e inmotivadas. Esa constatación debe de resultar bastante tranquilizadora.

No lo es que le quemen a uno el patio, que le pintarrajeen la fachada o que le rompan el retrovisor. Hay causas objetivas que explican estos comportamientos. Pero también hay un factor incalculable e impredecible. Y ése es el que da miedo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Jesús Cotta Lobato dijo...

Yo también me caliento el tarro con esas mismas reflexiones cuando veo algún destrozo. Cuando uno era niño y hacía castillos de arena, lo primero que hace es romperlo antes de que lo rompa otro. Hay un animal destructor y primitivo dentro de otros. Los que encuentran algo mejor en campos más nobles, lo doman. Los que no encuentran nada, no lo doman. Un abrazo

Mery dijo...

Pues es cierto, yo misma me agobio según qué dias y según qué estado de ánimo tenga, con estas cuestiones. Parecen nimiedades a veces, grandes desastres otras.

Sin duda es cierto que el hombre es un lobo para el hombre.
Un abrazo