martes, julio 22, 2008

LA BELLA Y LA BESTIA

Que tras la ventana, donde habitualmente se alza el vacío, haya andamios y pintores, es un motivo de desconcierto, e incluso se diría que de espanto, para K. Acecha las ventanas y balcones desde el otro extremo de la habitación, sin atreverse a acercarse. Se da además la circunstancia de que, estando M.A. ausente, la gata parece haber perdido el apetito. Días raros, extrañamente "humanos" en su acumulación de misterios y añoranzas, que la gata sobrelleva con una especie de fatalismo resignado, como quien representa un papel que no le corresponde.

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Acaso el detalle de que Sócrates se dé friegas en las piernas, donde ha tenido los grilletes que acaban de quitarle en vísperas de su ejecución, sea más inmediato y vivo, más cercano a nosotros, que todo lo que dice sobre la muerte y el más allá. El Fedón está lleno de detalles de esta clase, que crean una singular tensión entre vida realmente vivida y pensamiento. Una tensión, por cierto, que contradice abiertamente la tesis central de este diálogo en el que se afirma que la verdad sólo está al alcance de quienes renuncian a todo ese cúmulo de servidumbres corporales que llamamos vida.

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Tarde de cine adolescente con C.: Hulk, el monstruo verde de la Marvel, acurrucado junto a su amada en una cornisa montañosa, frente a un melancólico paisaje lluvioso. La Bella y la Bestia: ese curioso mito que viene a conceder el don de la ternura incluso a las criaturas más abominables. (Un mito más bien halagüeño, después de todo.)

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