viernes, julio 25, 2008

PEQUEÑO REINO AFORTUNADO

En el garaje ha aparecido un gato siamés de no más de tres o cuatro meses. Y, como nadie sabe qué hacer con él, hemos recibido nada menos que dos embajadas con la pretensión más o menos disimulada de que nos hagamos cargo del mismo. La primera, meramente informativa y un tanto confusa, fue oportunamente interrumpida por una llamada de teléfono. Pero en la segunda, a cargo de una vecina más decidida, nos traen físicamente al gato intruso.

Es la hora de la siesta, de la que nos han despertado. Soy yo quien abre la puerta. No sé, no sabemos qué decir. Como tengo la puerta abierta, sostengo a K. en brazos, para que no se escape. También ella tiene algo que decir respecto al asunto que nos ocupa. Después de mirar de refilón varias veces al extraño, en brazos de la vecina, y de aparentar más indiferencia que otra cosa, emite un temible bufido largo que no deja lugar a dudas, pero que, en el calor de la charla entre los humanos, pasa desapercibido. Suelta entonces un zarpazo que, de haber alcanzado su objetivo (el brazo de la vecina, o el propio gato intruso) hubiera tenido consecuencias graves.

Cerramos la puerta y soltamos a los dos gatos en el suelo. Se miran frente a frente, tensos, agazapados, dispuestos a saltar el uno sobre el otro. Al principio en silencio, lo que nos da esperanzas de que el mutuo acecho no sea más que una ceremonia de reconocimiento, como la que dedicamos a un extraño que nos acaban de presentar; pero pronto vuelve a oírse el bufido amenazador, una especie de pffffzzz que no presagia nada bueno. M.A. zanja la cuestión, invocando las querencias territoriales de K. La vecina se da por vencida. Pero a lo largo de toda la tarde no hablamos de otra cosa, bajo los efectos de una más que evidente mala conciencia. También K. está alterada, pero por otros motivos. Durante un buen rato ha olisqueado los sitios en los que permaneció el extraño. Y luego, durante unas horas, se ha mostrado altiva y distante con quienes tan alegremente parecían inclinados a arrebatarle, a beneficio de otro, la exclusividad de su pequeño reino afortunado, que decía el poeta.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un terrible dilema que nos habla, una vez más, de lo difícil y doloroso que resulta elegir, decidir. Creo que en este caso ha triunfado la lealtad hacia el ser que se ama sobre la satisfacción de la buena conciencia: esa forma de egoismo tan políticamente correcta.
ISE

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Usted siempre tan sensata, amiga Ise.