lunes, julio 14, 2008

VICTORIA PÓSTUMA

A K. le aterroriza el ruido de la aspiradora. Huyendo de la misma, se refugia en el patio y se encarama a los palos de la leñera. También yo acabo allí, empujado por el estruendo. Observo que mi presencia la tranquiliza. Se tumba a mi lado, roza su lomo contra mis piernas, ronronea. Teoría del afecto: una especie de apartamiento buscado, o de reducción del mundo a la esfera de la privacidad compartida, mientras fuera ruge lo desconocido.

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Sigo con la correspondencia entre Huidobro y sus acólitos españoles. Lo más divertido de la misma: el despertar de ciertos caracteres, en su lucha por llamar la atención del maestro. Larrea, por ejemplo: en cuestión de semanas pasa de ser un muchachito tímido, encerrado en su papel de poeta secreto, abrumado de modestia, a convertirse en un locuacísimo corresponsal que, entre otras cosas, aprovecha la ocasión para marcar distancias y reservas respecto a su hasta entonces inseparable compañero y amigo, Gerardo Diego. Pero Huidobro estaba demasiado absorto en su papel de genio méconnu para darse cuenta de la comedia de la que estaba siendo involuntario protagonista. Ninguno de los tres (descartado ya el bocazas Guillermo de Torre, primer corresponsal español del poeta chileno) era consciente de que el papel que interpretaban en la misma era el que había de caracterizarlos para la posteridad: la discreción interesada y acomodaticia de Diego, la excentricidad protestona e impertinente de Larrea, la lejanía un tanto desenfocada del propio Huidobro... Pero uno nunca es consciente de esas cosas.

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Me pica una avispa muerta, a la que he pisado involuntariamente en el lavapiés de la piscina. Siento el ardor de la picadura en el empeine y voy cojeando hasta la enfermería, donde me aplican un poco de desinfectante. Paso luego de nuevo ante el lugar de la picadura: la causante flota en el agua; ajena, como el Cid, a esta hazaña póstuma de su cadáver.

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