domingo, agosto 03, 2008

ALGUNOS HOMBRES BUENOS

Tardamos más de una hora en encontrar a K. La presencia de los pintores de la fachada dentro de la casa, para perfilar balcones y ventanas, la tenían asustada, y nos temimos que, aprovechando alguna de las entradas y salidas de los extraños, hubiera huido escaleras abajo. Registramos la casa, recorrimos la escalera y las entreplantas del edificio, incluso exploramos los alrededores: nada. Y cuando ya no sabíamos a dónde acudir, y hasta empezábamos a sopesar la posibilidad de iniciar una de esas tristes campañas de búsqueda de animales perdidos de las que tantas veces hemos tenido noticia a través de una fotocopia pegada en la pared, C. me dice que la ha encontrado. Estaba en su armario, tan escondida que no la habíamos visto en las dos o tres ocasiones en que habíamos considerado ese escondrijo durante nuestra búsqueda. Efectivamente, se había agazapado tras la pila de jerseys de invierno de C. y, contra su costumbre, no había emitido ni un sonido en respuesta a nuestras llamadas.

Procuramos que coma y beba un poco, para que se tranquilice. Pero no vuelve a ser la misma hasta que los pintores (que han asistido entre divertidos y un tanto extrañados a nuestra angustiada búsqueda) no anuncian que han terminado y se van.

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Paideia, de Werner Jaeger. Ciertas peculiaridades de tono, tal vez debidas a la traducción, me traen a la memoria mi lectura juvenil de otra monumental obra de significación opuesta, pero de iguales intenciones totalizadoras respecto a la historia de la cultura en general: me refiero a la Historia social de la literatura y el arte, de Arnold Hauser. Y me da por pensar que, de haber ocurrido las cosas justo a la inversa (es decir, si hubiese leído la Paideia a mis diecinueve o veinte años, y lo de Hauser ahora), la evolución de mis convicciones hubiese sido también la contraria.

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Me emociona, mientras leo los preliminares de este libro, la impresión de que, después de todo, es el resultado del esfuerzo de algunos hombres buenos en tiempos turbulentos. Jaeger publicó el primero y el segundo tomo en Alemania, en los años treinta. Pero luego, en 1942, lo encontramos ya de profesor en Harvard, a donde se había exiliado huyendo de los nazis, que lo habían represaliado por haberse casado con una judía. Y fue otro exiliado, el filósofo español Joaquín Xirau, quien emprendió en México la traducción de la obra al castellano. Estas circunstancias explican las notas elegíacas de los distintos prefacios, y su alusión explícita a la "humanidad doliente" contemporánea, de la que tanto el autor como el traductor eran claros ejemplos.

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La familia. Almuerzo multitudinario en casa de una de mis tías. Quince automóviles alineados en el porche, como en la secuencia inicial de El Padrino. Sólo faltaban los del FBI anotando las matrículas. Hay de todo: algún que otro coche de importación, un par de furgonetas de reparto, algunos coches pequeños y muchos medianos y más o menos baqueteados, de los que denotan a las claras que sus dueños han calculado el número de años que han de durar para que la inversión resulte rentable... En caso de catástrofe natural, pongo por caso, la familia entera cabría en esos quince coches. Imagino la caravana en marcha, el aspecto general de tribu de gitanos. Imagino a los más emprendedores y activos postulándose como líderes de la horda... Y meneo la cabeza, como para disipar una fantasía en la que no quiero pensar el papel que me hubiera correspondido interpretar.

1 comentario:

TOMÁS dijo...

Jaeger es un autor magnífico y su "Paideia" de lectura obligatoria, tanto como su "Aristólteles". Hauser es igualemnte interesante y necesario, y por supuesto, son dos hombres buenos, de esos que escasean en la actualidad.
Saludos.
http://tropicodelamancha.blogspot.com