sábado, agosto 16, 2008

CAJAS CHINAS

El tiempo no es sucesivo, sino concéntrico. Más que a una fila de piedrecitas, se parece a un juego de cajas chinas, de ésas que encajan unas dentro de otras: el día de hoy encaja en un periodo más amplio dominado por determinado propósito o estado de ánimo; y este periodo, a su vez, pertenece a una secuencia mayor, en la que ese propósito o estado de ánimo es a su vez síntoma o consecuencia de un modo más general de sentir el mundo, etc. Por lo mismo, a poco que escarbemos en el día de hoy, es posible que encontremos la cajita que contiene, cerrada en sí misma, la mañana de este día; dentro de la cual se guarda la que encierra cierta hora especialmente intensa e irrepetible…

Si eso no fuera como digo, en fin, difícilmente encontraríamos explicación a ciertas tesituras del calendario. ¿Qué es el puente de agosto, por ejemplo, sino una cajita china encerrada dentro de esa otra caja mayor que es el propio mes vacacional por excelencia, que a su vez no es sino una caja guardada en esa otra unidad de sentido que es el verano? Y hasta se diría que el hecho mismo de ubicar un puente festivo en un mes en el que casi nadie lo necesita obedece a un propósito perverso, si no fuera porque incluso quienes disfrutan de sus vacaciones en agosto sienten que estos días son como unas vacaciones intensificadas dentro de las otras, y que gracias a ellos pueden modular el tono general del intervalo y distinguir los días que se dirigen in crescendo hacia esta especie de cima del verano y los que, una vez rebasada ésta, adoptan el tono melancólico de una tarde de domingo y se viven en clave de despedida.

Pero quizá lo que caracteriza al puente de agosto sea su dimensión espacial: si agosto es por naturaleza cosmopolita y playero, y gusta de los grandes horizontes, de la desinhibición y de la manga ancha, moral y física, el puente festivo tiene un sabor inequívocamente pueblerino y familiar, perceptible ya en la propia advocación local de la Virgen bajo la que se presenta. Y hay quienes, como remate al crucero por las islas griegas al que han consagrado la primera quincena, acuden puntualmente a las fiestas de Cercedilla o Villanueva del Cañete porque sólo así consiguen experimentar en toda su intensidad la sensación de regreso, no ya al punto de partida, sino al origen ancestral de todas las festividades y calendarios, que es el terruño, el pueblo de la abuela, el lugar desde donde todavía percibimos, aunque no sea más que al modo frívolo y superficial del hombre de ciudad, el ritmo circular de las estaciones y las cosechas.

Luego, cuando pasan las fiestas, los pueblos se sumen en una especie de modorra agotada. Cierran los bares, se van los veraneantes, caen las primeras hojas. Y uno siente que ha entrado en otra cajita distinta, más pequeña y oscura, como un pozo. La llamamos septiembre.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Raúl dijo...

Una forma original, y creo que acertada, de interpretar el tiempo.
Curioso, ciertamente, lo que siempre ha supuesto el puente de agosto.