viernes, agosto 22, 2008

ESPECIAS (ASILAH, 1)

Este hombre no parece tener prisa. Habla un español reminiscente y nostálgico, seguramente aprendido hace décadas, cuando esta ciudad pertenecía al protectorado español. Parece que recuerda cada palabra en el momento mismo de pronunciarla, lo que le hace detenerse a paladearla y a buscarle una mejor ubicación en su memoria vacilante: canela, cardamomo… Tras repetir para sí mismo cada una de ellas, según se las va diciendo M.A., murmura su traducción al árabe y esboza una sonrisa, como quien constata que la palabra en cuestión sólo podía significar eso que ha dicho en su lengua habitual, y no otra cosa. Acto seguido, hunde un cacillo en alguna de las decenas de capazos de especias que lo rodean y vierte un poco en una bolsita de plástico, que ata con sumo cuidado y deposita junto a una vieja balanza. Entonces M.A. se anima a pedirle, con no poca zozobra, un poco de ras al-hanut, que es la denominación de cierta mezcla de especias. El hombre no se inmuta ante la titubeante pronunciación de M.A., ni parece apreciar diferencia entre esta palabra, que debiera resultarle extraña en labios de una extranjera, y las que le hemos ido diciendo en español. Esa indiferencia, en cierto modo, nos resulta halagadora. Mete el cacillo en un canasto de polvo rojizo y vuelca la toma en una nueva bolsita. Junto al peso se acumula ya todo un pequeño tesoro de bolsitas multicolores, testimonios de otras tantas transacciones llevadas a buen puerto, en español o, para que no se diga, en el árabe figurado de los recetarios de M.A… Que ahora pide azafrán, palabra que, según creo recordar de cuando hice mis dos años de árabe clásico en la universidad, es casi idéntica en esta lengua y en la nuestra. Y, curiosamente, aquí se corta la buena sintonía mantenida hasta entonces. El vendedor de especias señala unos polvos amarillos. “No, eso es cúrcuma”, dice M.A. “Cúrcuma”, repite el vendedor, en su español traído de otra dimensión. “No, no: azafrán”, repetimos, casi al unísono. “Azafrán en rama”. El hombre apunta con el cacillo, sucesivamente, a varios de los serones que lo rodean. Obviamente, ninguno de ellos contiene la sustancia que le pedimos. Hasta que parece reconocer el gesto filamentoso que le hacemos con los dedos, como si desgranásemos una hebra de azafrán en el aire. Entonces saca de algún entresijo próximo una cajita generosamente provista de la valiosa sustancia. “Safrán”, dice, no sabemos si fijando para siempre en su memoria una nueva palabra recordada o, directamente traduciendo a su idioma el término español, casi homófono. Y nos alejamos de su tenderete, en un extremo del zoco de Ahfir, en el foso de la antigua muralla portuguesa, con la sensación de que, más que comprar especias, hemos estado bautizándolas.

No hay comentarios: