lunes, agosto 11, 2008

L.

Como toda ciudad que se precie, L. se toma su tiempo para dejarse conocer. Y, a diferencia de las ciudades coquetas, que muestran enseguida su lado grato y guardan para el momento más inoportuno sus aspectos más desabridos, ésta se muestra tal como es, y deja en manos de uno la decisión de profundizar más, si quiere, o de marcharse con viento fresco. Eso es lo que hay.

Llega uno a ella justo el día que dicen más caluroso del año. L. está dominada por un cerro, sobre el que se alza la Seu Velha o catedral vieja. Pero la escalera mecánica que facilita a los paseantes el acceso al monumento está averiada. El sol cae a plomo sobre los escalones. Ya que estamos aquí, nos decimos, no vamos a pasar de largo sin visitarla. Así que subimos las escaleras, que tampoco conducen directamente a la cima, para la que todavía quedan un par de revueltas del camino ascendente. Llegamos justo cuando están cerrando la catedral, así que nos quedamos sin verla. Bueno, ya sabemos que el edificio está en reformas, y que, después de siglos de incuria, sus piezas más importantes se encuentran en el museo, por lo que se puede decir que, para los propósitos del turista, basta con verlo por fuera. Quien no se consuela es porque no quiere.

Nos tomamos una cerverza carísima en un quiosco que hay al pie de la Seu y le preguntamos a la camarera -una rubia con aspecto y acento de centroeuropea-, que nos indique cierta bajada por la que nos han dicho que se llega a un reputado restaurante. Ya nos habían advertido que esa bajada atravesaba una zona degradada del centro, habitada mayoritariamente por inmigrantes africanos. La camarera es más gráfica: "Cuando vean un sitio con muchos negritos, allí es". Por el mismo sistema, alguien podría identificar este quiosco diciendo que es un bar en el que atiende una camarera muy blanquita... Pero, en fin, no quiere uno entrar en conflictos locales. Ya nos había llamado la atención el espacio que los periódicos de aquí dedican a la delincuencia doméstica: no ha habido día, en la semana que hemos pasado aquí, en el que no hayan destacado noticias relacionadas con asaltos a pisos o comercios. La verdad es que no parece que en esta ciudad haya más delincuentes que en cualquier otra parte (que en la ciudad donde vivo, sin ir más lejos). Pero se ve que flota en el aire un elemento de desconfianza. En fin.

El caso es que rodeamos la ciudadela, bajo un sol infernal, y damos con unos jardincillos en los que, efectivamente, toman el fresco, si es que la temperatura a la sombra puede llamarse así, varias decenas de negros. Se quedan mirándonos: no debe de ser frecuente ver a tres panolis paseando por estas calles. Pero no pasa nada, salvo que este barrio que los modernos llamarían multicultural exhibe bien a las claras todos los rasgos deprimentes de la miseria urbana. El hecho mismo de que la gente prefiera la calle, con el sol de fuego que está cayendo, a las casas indica que éstas deben de ser cuchitriles inhabitables. Una muchacha de unos dieciocho años le grita a una niña pequeña, que se ha quedado rezagada, y, como ésta no acude inmediatamente a la llamada, corre a buscarla y le arrea un sopapo
. A la mitad de la calle, un grupo de muchachas no mucho mayores que la anterior toman la sombra en actitud equívoca a ambos lados de la acera, y mantienen una animada conversación entreverada de risotadas que resultan, por sí solas, más gráficas y descaradas que la ropilla indecente que visten. De vez en cuando, coquetean con alguno de los negrazos que suben la cuesta; pero el tono no es tanto de requerimiento a un posible cliente como de broma entre vecinos acostumbrados a verse todos los días.

A esa altura de la calle, en fin, se halla el restaurante; que, como había aparecido una semana antes entre los recomendados por El País, está al completo. Nos irrita haber ido hasta allí para nada, y nos vengamos diciendo que las recomendaciones de El País suelen ser más bien letales para el destino de ciertos establecimientos hasta entonces honrados y modestos. Mentalmente anoto, con idéntico ánimo resentido, que seguramente lo mismo ocurre con los libros y autores que ese periódico recomienda encarecidamente, y a los que, invariablemente también, mata de éxito.

Tomo nota, eso sí, de que al lado de este restaurante hay una librería de viejo, ya cerrada a estas horas, pero que me prometo visitar en otra ocasión. Por lo que se puede decir que, después de todo, este largo paseo no ha sido del todo improductivo.

1 comentario:

Raúl dijo...

No andaba desencaminado aquél que dijo que viajar, es el mejor método para conocer-se.
Buen románico el de la Seu Vella.
Saludos.