domingo, agosto 31, 2008

MANTIS

Al cerrar la puerta me parece ver que el amasijo de briznas secas que el viento ha dejado en el escalón del umbral adquiere vida. Es una mantis, a la que mis movimientos y ruidos han sacado de su inmovilidad; una más, en fin, de las muchas que el levante de los últimos días ha empujado contra nuestra ventana, e incluso ha metido dentro de la casa, para gozo de la gata, que las ha perseguido y martirizado con saña digna de mejor causa. La de hoy tal vez esté aquí en misión de reconocimiento, para certificar la partida de esta familia que incluye entre sus miembros un elemento tan declaradamente hostil.

La segunda vuelta de esta cerradura exige que uno tire con fuerza del pomo con la otra mano, lo que me obliga a dejar en el suelo el último bulto de nuestra impedimenta. Los demás están ya en el coche. Lo deposito con cuidado en el escalón, muy cerca del insecto. La mantis, muy digna, levanta la cabeza, se vuelve, gana de un salto la acera y desaparece con un extraño vuelo en el que se mezclan el salto de un saltamontes y el airoso planeo de una libélula. Es el verano, que se va, anticipando ya ese monstruo hecho de retazos que llamamos septiembre.

***

En la piscina de ese hotel en las afueras de L. había unas extrañas estructuras que eran como camas o grandes tumbonas de dos plantas: uno podía echarse en la parte de abajo, a la sombra, o subir a la plataforma superior y desparramarse cara al cielo. El de esos primeros días de agosto era variable: dentro del calor reinante, tenía un elemento frío y pesado que de un momento a otro podía enturbiar su transparencia y espesarlo, para liberar luego la tensión acumulada en forma de lluvia torrencial, como pasó dos días atrás, a nuestra llegada. Pero hoy, el primer día en el que nos hemos atrevido a posesionarnos de una de estas fantásticas tumbonas, el elemento de inestabilidad parece, si no del todo ausente, si resignado a no tener otra expresión que alguna que otra ráfaga de aire frío, en medio de la tarde inmóvil. Cara al cielo, me asalta de pronto la clara conciencia de que nada me aflige o me pesa; de que el cuerpo, sobre el que siempre actúa el recuerdo de la última comida, o el cansancio del último esfuerzo, o la vista cansada, o el simple malestar de estar vivo y consciente, no tiene ahora motivos para hacerse notar y sólo manifiesta un bienestar para el que no tiene sensaciones. La peculiaridad de este cielo purísimo, que todavía recuerda la tormenta reciente, es que parece increíblemente bajo, como sólo podría estarlo, por pura lógica, un cielo cargado de nubes. Pero no: es el elemento azul el que toca la tierra y penetra en tus pulmones, y sostiene en el aire, como contra un fondo de pinceladas de óleo, la paloma que ves posada sobre un cable.

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Mis obsesiones y manías: se las he dejado a ese pobre loco de Asilah que todas las mañanas, al salir de su casa, se vuelve una y mil veces para comprobar que ha dejado la puerta bien cerrada. Apoya en ella la palma extendida y empuja con todas sus fuerzas. Así una y otra vez. Hasta que por fin se decide a enfilar la calle, no sin antes echar una última mirada desconfiada al portón cerrado.

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