domingo, agosto 10, 2008

SEÑORITA

Todavía ando dándole vueltas, señorita, al espléndido trato que me dispensó la otra tarde. Sé que su tiempo, como el de otros profesionales, es muy valioso, y lo que me asombra es que, a diferencia de esos otros profesionales (médicos, abogados, etc.), no lo tase en lo que vale. Los clientes, como sabe usted bien, sólo queremos ser oídos. A veces acudimos al médico porque los males del alma, como usted no debe ignorar, suelen hacerse pasar por males del cuerpo; otras vamos al abogado, porque suele ocurrir también que los desacuerdos que mantenemos con nosotros mismos los proyectamos en el prójimo. También hay quienes, por lo mismo, acuden a un confesor. A diferencia de usted, todos ellos exigen un pago por sus servicios: en dinero o, lo que es casi peor, en exigencias respecto al buen gobierno de nuestras vidas. Y todos (médico, abogado, confesor) acostumbran a permitirse gestos de superioridad e impaciencia con uno, por más que deban a uno el sueldo y la razón de ser. También sucede, señorita, que no siempre es agradable el mero hecho de estar en esos lugares. No hablo ya de las iglesias, siempre frescas y acogedoras; pero ¿qué me dice de ciertos consultorios, que parecen destinados exclusivamente al tratamiento de enfermedades vergonzosas? ¿Y de ciertos bufetes, dignos de los abogados de Al Capone?

Usted, en cambio, me recibió en un despacho limpio y acogedor. La moqueta estaba recién aspirada, el aire era fresco, los muebles relucían. También usted relucía en su traje de chaqueta azul marino, en el discreto maquillaje, en la amplia sonrisa con que me recibió. Yo también quería confiarle males del cuerpo y del alma, y algunos de los intrincados desacuerdos que mantengo con mis semejantes. Me oyó sin prisas, sin impaciencia. De los males del cuerpo me dijo que tenían fácil cura: descanso, ejercicio, aire libre. De los del alma no me dijo nada, prudentemente: se limitó a insinuar que la propia mejoría física redundaría en beneficio de todo lo demás. Respecto al prójimo, recuerdo, me hizo una observación un tanto misteriosa: “Si quiere evitar aglomeraciones a la hora de cenar, baje al comedor a partir de las nueve. Los extranjeros cenan temprano“. Cuántas cosas se aprenden en una agencia de viajes. Cuánto aprende uno sobre sí mismo a fuerza de exteriorizar sus fantasías ante una persona tan atenta como usted. Al final, después de una hora larga de conversación, no me comprometí a nada, no hice gasto. Pero eso no pareció importarle. Me despidió con la misma sonrisa que había mantenido a lo largo de toda la entrevista, me dio su tarjeta. Y yo le dije que sí, que la llamaría si tomaba alguna decisión.

Pero los dos sabíamos que eso ya no era necesario: que entre los dos habíamos imaginado unas vacaciones tan perfectas que ya no merecía la pena llevarlas a la práctica. Y gratis.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

4 comentarios:

Enrique Baltanás dijo...

Gran artículo.

AdR dijo...

Es que sobre los males del alma nadie puede atreverse a decir grandes cosas. Reposo como al cuerpo.

Muy bueno leerte.

Saludos

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias a los dos. En agosto, por eso de las calores y la falta de noticias, se permite uno prescindir de cualquier pretexto periodístico, y los artículos siempre ganan algo.

Antonio González dijo...

Literatura espistolar de la buena, que nos convierte a los lectores en ociosos curiosos o en mirones envidiosos. Finalmente la curiosidad se entrega a la imaginación, y la mirada se desvanece en la sonrisa. Si Juan José Millás se sacó de la manga el articuento, te propongo que bautices este género como la articarta.