lunes, agosto 25, 2008

SIDI MUGAIT (ASILAH, y 3)






La playa de Sidi Mugait, o del Santo, se corresponde exactamente con el recuerdo que uno tiene de algunas playas españolas de hace treinta años. Incluso el morabito y la aldea misérrima que lo rodea parecen una réplica exacta, o más bien un prototipo, de las agrupaciones humanas que uno encontraba hasta no hace mucho en sitios como Las Negras, en Almería, o El Palmar, en Cádiz. Se llega hasta aquí por un infame carril de tierra, se atraviesa la rambla maloliente que sirve de vertedero a la aldehuela, se busca acomodo cerca de alguno de los chiringuitos montaraces que se han asentado en la estrecha franja de tierra que queda entre el límite de la pleamar y el pie del acantilado de arcilla verde, con la que algunos bañistas se embadurnan el cuerpo. Las olas rompen con empecinamiento, y la resaca tira perversamente de los bañistas, como si desaprobase la presencia de esa multitud anómala en un lugar tan apartado. Aunque la distancia, pensándolo bien, no se reduce a la media hora de bandazos que separa este paraje de la acogedora Asilah, ni a las pocas horas que median entre este lugar y el nuestro de procedencia; la distancia incluye, también, la que media entre quienes somos ahora y quienes fuimos; o, más particularmente, entre nuestra condición de adultos más o menos convertidos al tenue ideario de comodidad y pulcritud de la clase media, y nuestra infancia en un país en vías de desarrollo. Ya llegarán los barrenderos y los inspectores de sanidad. Y con ellos, el asfalto, las urbanizaciones, la escasez de aparcamiento y el topless. Es cuestión de tiempo.

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