viernes, agosto 29, 2008

TERRAZAS

Estaban mesas y sillas apiladas junto a la pared, aseguradas con una cadena. Y a mí siempre me ha llamado la atención ese momento de las terrazas en el que éstas se presentan reducidas a su mínima expresión, como una especie de universo comprimido antes del Big Bang… La plaza a primera mañana es también un universo, pero despoblado, necesitado urgentemente de sentido. Y es entonces cuando el encargado del bar realiza su gran hazaña: distribuye las sillas y mesas por la acera. Es temprano, ni siquiera hay clientela para el desayuno, por lo que esa distribución no tiene, de momento, otra intención que acotar un espacio vacío, convertirlo en una cuadrícula ordenada, en la que sea fácil identificar una llamada o una incidencia. Siento la tentación de ocupar una de esas mesas recién puestas. Pero no: eso no tendría ahora mérito alguno. La prueba decisiva vendrá luego, al filo del mediodía, o al anochecer: será entonces cuando uno rondará esa galaxia ordenada, con el propósito de encontrar un hueco en ella. Es posible que no lo haya, lo que te pondrá en la tesitura de acudir a otras terrazas (pero ¿hay otras terrazas? ¿hay otros universos habitables?) o resignarte a vagar por las calles hasta que te rinda el sueño.

Aunque quizá lo verdaderamente angustioso no sea la exclusión, sino la evidencia de que ni siquiera el hecho de ocupar una mesa basta para aclarar el propósito y la pertinencia del tinglado. Porque también aquí pueden pasar dos cosas: que sientas de inmediato la presencia tutelar del camarero, y que, por tanto, la tuya adquiera de inmediato pleno sentido; o que, en medio de un universo abigarrado y cruzado de requerimientos contradictorios, el camarero no repare en ti, o no dé abasto para atender a todos los presentes, o haya renunciado ya a cumplir su cometido y se limite a constatar cínicamente cómo un mundo desatendido invariablemente bascula hacia el caos. Y no se sabe qué es peor: si sentirse excluido del orden imperante o compartir, en condiciones de igualdad con todos los presentes, una situación de desamparo generalizado; si sentirse Caín, en fin, o alimentar la perplejidad que debían de experimentar los pocos habitantes lúcidos de Gomorra.

Para alejar los malos pensamientos levantas la mano. Al principio, el camarero parece no verte. En realidad, no ve a nadie, o sólo aprecia una confusa extensión de torsos aparentemente servidos y felices. Y no percibe que en la mesa de al lado han tirado un vaso, y que en la de más allá las risotadas y las voces han subido de volumen. “El mundo está bien hecho”, debe de pensar, desde su Olimpo. Y uno está ya a punto de levantarse cuando, de pronto, el camarero parece despertar de su sueño iluso y se dirige a tu mesa. Tu petición, por fin, ha sido atendida. Y la terraza –quiero decir, el universo– vuelve a cobrar sentido.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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