martes, agosto 12, 2008

UN ENCUENTRO

Quienes nos recomendaron el restaurante de marras fueron unos inesperados amigos que me salieron al paso en una librería del centro. Llevaba un buen rato examinando el estante de poesía, y ya me había decidido por una antología de Vicent Andrés Estellés, y me dirigía a la caja para pagarla, cuando me abordó un chico joven: "Disculpe, ¿es usted Benítez Ariza, el escritor?". Le digo que sí, bajo la impresión de que, por improbable que sea encontrar a un conocido en esta ciudad en la que yo no había estado antes, una vez más me falla la retentiva, y me veo en el poco airoso trance de no reconocer a alguien que me saluda. Pero esta vez, por lo que se averigua luego, mi carencia de aptitudes de fisonomista no está del todo injustificada: por lo que me dice este chico, asistió a la presentación de mi Cuaderno de Zahara en Sevilla, hace más de seis años, y al final del acto intercambió unas palabras conmigo y me pidió que le dedicara un ejemplar. Me dice que también es lector asiduo de este diario; y, a continuación, me presenta al hombre, algo mayor que él, que lo acompaña: un leridano que, como descubriré más tarde, también pertenece a este mundillo. El encuentro sirve, sobre todo, para que mi hija, que frecuentemente se muestra escéptica, y con razón, respecto a la relevancia que pueda tener lo que hace su padre, se quede poco menos que boquiabierta: a su padre le han salido dos admiradores en una ciudad remota. Bromeamos no poco al respecto durante el resto del día.

Por la tarde, en el hotel, nos avisan de recepción, también con cierta extrañeza, de que han dejado un paquete para mí. Bajo a recogerlo. Son unos libros del leridano, Eduardo López Truco: una antología del norteamericano Philip Levine, traducida por él, de la que yo ya había leído un anticipo en unos cuadernillos que edita la revista Ultramar; y una bonita edición de Romances y canciones de Rafael Porlán, bajo su cuidado. El paquete incluye también un número de Ultramar en el que este hombre traduce unos poemas de Henri Cole.

Me duermo hojeando estos libros, contento de que la literatura, después de todo, incluya ciertas gratas formas de sociabilidad, que te salen al paso cuando menos te lo esperas.

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