miércoles, septiembre 10, 2008

DEBAJO

Ese texto escrito hace unos meses, o incluso puede que años, y que ahora nos animamos a corregir viene a ser la representación más exacta posible de la clase de materia prima con la que a uno le gustaría trabajar: materia en bruto, apenas desbastada por alguien que, sin dejar de ser uno, ya es otra persona, a quien tratamos sin demasiados miramientos; con las contingencias básicas ya resueltas, y necesitada sólo del pulido final; aun a riesgo de que, en medio de esa tarea, uno decida cambiar la naturaleza entera de la pieza, la estructura básica, la disposición de los elementos. Pero incluso esa certeza de que hay que empezar de nuevo es distinta del mero vacío, tan angustioso, del que partimos la primera vez.

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Me dicen que han limpiado "incluso debajo de los libros". Y no quiero pensar qué clase de inmundicias habrán encontrado, o pretenden darme a entender que han encontrado, por el modo en el que ponderan su esfuerzo. Que es muy digno de ponderación, por otra parte.

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Me sorprendo confesándole a un compañero que ya apenas leo periódicos. No hace mucho, le digo, una de mis imágenes de la felicidad era pasarme la mañana de un domingo leyendo de cabo a rabo dos o tres periódicos, con todos sus suplementos. Ahora me aburren, descontando algunas columnas de opinión y poco más, y me conformo con ver los titulares en Internet. Mi compañero no es tan tajante al respecto, pero también confiesa que la prensa actual le produce más irritación que otra cosa. "Quizá fuera mejor leer semanarios o revistas mensuales", me dice, "en los que las noticias viniesen ya más digeridas". Sin haberlo formulado de ese modo, yo mismo practico ese tipo de lectura alguna que otra vez, cuando leo revistas como The Economist -lo hago cuando viajo en tren, sobre todo, porque la hay en los quioscos de las estaciones-. Pero tengo comprobado que, cuando leo ésta u otra revista con demasiado asiduidad, también termino cansándome. A veces pienso que sería más interesante leer revistas de hace medio siglo, sabiendo de antemano el final de muchas de esas historias entonces inconclusas. La buena literatura, al fin y al cabo, es aquella en la que no importa saber cómo acaban las historias. Y éso es lo malo de la actualidad: importa demasiado saber cómo acaba, y no acaba nunca.

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