miércoles, septiembre 24, 2008

DIGESTIÓN







Asisto a una conferencia, a cargo de un crítico de arte, sobre el cuadro "7.38, hora solar", de Eduardo Sanz, que estará expuesto en el museo gaditano durante un mes. No soy muy de conferencias, pero ésta la organiza un benemérito grupo de amigos cuya labor me parece muy digna de apoyo, así que allí estoy, para hacer bulto, por si acaso. De Eduardo Sanz conocía algunos cuadros de faros, y sabía que en su tierra, Santander, le han dedicado un museo ubicado precisamente en el faro de Cabo Mayor. Alguna vez me he acercado hasta allí, en alguna precaria mañana de noviembre, temeroso de que el mar se decidiera a darle una lección al intruso que osaba pasear a cuerpo por aquellos andurriales que, en caso de lluvia, no ofrecerían el menor refugio. Siempre he hallado el faro cerrado. Y ayer, al hacerme una idea cabal de lo que encerraba, lamenté esa desafortunada coincidencia.

El cuadro es impresionante. Una marina sin concesiones sentimentales, dura, en la que el agua y sus incontables laberintos dan una imagen apropiada de lo inabarcable de la realidad, tanto la que bulle dentro de nosotros como la que se presenta ante nuestros ojos con visos de objetividad. Creo que nunca me cansaría de contemplar marinas, y uno de los atractivos de esta conferencia fue su esfuerzo por contextualizar el cuadro del santanderino dentro del género, del que se mostraron numerosos ejemplos. Pero lo que a mí verdaderamente me sorprendió, en mi desconocimiento de la trayectoria de ese pintor, fue su producción anterior a la etapa de las marinas y los faros: desangelados ejercicios de abstracción, juegos ópticos, chistes visuales con maldita la gracia; todos los callejones sin salida, en fin, en los que se han ido metiendo, mal de su grado, los pintores españoles que querían estar a la altura de lo que se hacía fuera; y que eran cínicamente apoyados por las autoridades académicas y culturales de la época, porque veían en ellos la posibilidad de proyectar una imagen "moderna" y avanzada de una España que, en otros respectos, ofrecía una estampa atrasada y retrógrada.

Con algunas excepciones, detesto esa pintura oportunista. Y me llama poderosamente la atención que ése haya sido el tortuoso camino que este excelente pintor ha tenido que recorrer antes de enfrentarse a las verdades eternas de su arte: los juegos de la luz y la transparencia, el misterio del tiempo detenido, los arcanos que podemos atisbar en la mera contemplación de lo más obvio... Nunca es tarde, como tampoco lo es para esos poetas que, después de perder la juventud en juegos vacuos y provocaciones exhibicionistas, encuentran en la madurez su veta más honda y humana. El arte moderno es tan difícil de digerir como un plato de berzas. Y a algunos la digestión les ha durado más que a otros.

Ninguno de los cuadros de Sanz que reproduzco es el aquí aludido, del que no he encontrado fotografías.

4 comentarios:

conde-duque dijo...

Aquí también un fan de las marinas y de los faros...
La verdad es que no había oído nunca el nombre de este pintor. Habrá que seguirle la pista.
Y qué gran idea: un museo en un faro.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Pues no se pierda el de Cabo Mayor, en Santander. Por aquí abajo también hay algunos dignos de nota. Y en el 2006 el ayuntamiento de Chipiona editó un libro, a cargo del poeta jerezano José Mateos, titulado Los faros, que es una antología de textos e imágenes sobre estos bellos edificios.

Anónimo dijo...

Mi primera impresión: el título -"Digestión"- y, acto seguido, ese oleaje como de jugos gástricos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Es verdad, no lo había pensado...