viernes, septiembre 26, 2008

EL RÍO

Hubo grandes celebraciones en Sevilla, dicen, para festejar el traspaso de la gestión del Guadalquivir a las autoridades autonómicas. Y uno, en principio, se congratula de esta significativa toma de posesión, por la que el río andaluz por antonomasia pasa a depender de la administración andaluza. El traspaso en sí no es más que un gesto: sólo el tiempo dirá si el río ha ganado con el cambio, y si, en general, es conveniente para un país encomendar la gestión de sus distintas cuencas a administraciones diversas, que tienen intereses a veces contrapuestos y sirven, en ocasiones, a estrategias políticas enfrentadas. En eso, este traspaso no difiere de cualquier otro. Su balance se medirá en términos políticos, su gestión será elogiada o criticada en función de los variables vientos que determinan el favor público. Nada nuevo bajo el sol.

Lo que sí es nuevo, al menos al parecer de este impresionable cronista, es la carga simbólica del traspaso: el río cambia de manos, sí; pero los ríos, siente uno, no son de nadie, o no deberían serlo. Hay que administrarlos, preservarlos, explotarlos racionalmente, limpiarlos si es necesario. Y alguien debe hacerse cargo de esos cometidos. Se me ocurre que, en muchos casos, quien vive pegado al río no suele ser el más indicado para ello. Ya nos gustaría que la gestión del Amazonas no dependiera de Brasil, que está permitiendo que se esquilme y destruya la cuenca; o que, en plena Guerra Fría, las dos grandes potencias, en vez de disputarse el favor del megalómano Nasser, a la sazón presidente de Egipto, le hubiesen susurrado al oído que no levantara la faraónica y nefasta presa de Assuán, que ha contribuido a la salinización de las otrora fértiles tierras adyacentes… Podría aducirse que la sociedad andaluza en su conjunto está más sensibilizada respecto a las cuestiones medioambientales que el paupérrimo Brasil interior o el Egipto desarrollista de Nasser. Pero eso no es más que una fantasía halagadora, y ahí están muchos litorales y parajes naturales presuntamente protegidos cuya degradación da fe de todo lo contrario.

Tampoco quisiera uno que, por el hecho de ser ya flamante ciudadano copropietario del río, otros ríos le pertenecieran menos. No quisiera uno que le enajenaran el Tajo, a cuyas orillas lloró Garcilaso, ni el Ebro y su magnificencia antigua, ni el escurridizo Guadiana. Ni siquiera le gustaría a uno que le negaran sus derechos sentimentales sobre el Bidasoa barojiano, aunque sea un río pequeñito y cargado de melancolías septentrionales. Tampoco, por lo mismo, me gustaría que le coartaran a nadie de fuera sus posibles querencias hacia el viejo Betis. Los ríos no son de nadie. Lo que quiere decir, en fin, que son de todos; y que lo único que asume quien recibe la misión de gestionarlos es una abrumadora, insoslayable responsabilidad.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Juan Antonio, el.profe dijo...

En cualquier caso, el problema es que los ríos dependen de los políticos, esos que a su propio parecer nunca se equivocan, aunque haya bolidenes que lo cuestionen. Emocionante repaso afectivo por los ríos de España. Yo no sé si quedarme con la enferma Guadiana, como decía el marqués de Santillana o con el dorado Tajo. Con el Ebro mejor que no, que ya hay demasiados políticos que se lo disputan.