sábado, septiembre 13, 2008

INHIBICIONES

Esto de las crisis cíclicas del capitalismo no deja de ser, al fin y al cabo, un modo que tiene el sistema de concederse un respiro cada pocos años. De lo contrario, los efectos del crecimiento ilimitado serían desastrosos. Digo “sistema” por no decir “nosotros” o “la gente”. Porque, en realidad, quienes descansan son quienes permanecen (toquemos madera) dentro de ese núcleo más o menos amplio en el que no llegan a hacer mella las estadísticas. También desde ese núcleo se nota la crisis, claro. Pero la necesidad de bajarse de ese caballo desbocado que llamamos “crecimiento económico” es tan grande que, más allá de las inevitables restricciones dictadas por la pérdida de poder adquisitivo y la atmósfera general de inseguridad, quienes capean la crisis incurren también, con frecuencia, en recortes e inhibiciones que superan ampliamente los estrictamente necesarios.

Eso explica, por ejemplo, que la cifra de ventas de coches haya caído en agosto más de un cuarenta por ciento. Ningún indicador económico se ha deteriorado en esa proporción: de lo contrario, no estaríamos hablando de crisis, sino de conmoción nacional o planetaria. Lo que ocurre, simplemente, es que, aprovechando la atmósfera general de contención y austeridad forzosas, muchos de quienes podrían haberse comprado un coche ese mes no lo han hecho. Y no porque tengan menos recursos o porque el futuro les parezca más amenazador. Simplemente es que… no han querido. Esa inhibición no es fácil de asumir o defender en un periodo de euforia económica. Hay demasiadas presiones en sentido contrario, y uno acaba convencido de que, si conserva el coche viejo un par de años más, no sólo será considerado un tacaño por amigos y parientes, sino que se convierte en una especie de elemento marginal que se niega a contribuir con su gasto al clima general de progreso y circulación de riqueza. Y también, de paso, en un irresponsable que pone en peligro la seguridad vial y la salud del medio ambiente, porque ya habrá quien se encargue de recordarle que los coches viejos son más contaminantes y peligrosos que los recién salidos de fábrica. De nada sirve aducir que uno conoce a una docena de viejecitos que conservan sus coches desde hace treinta años, y que los mantienen relucientes e impecables, y que les hacen pasar todas las revisiones, y que, conduciéndolos con prudencia y sin prisas, esas antiguallas les llevan a donde haga falta. Porque todos los coches se hacen viejos en cuestión de ocho o diez años, pero los que consiguen doblar esa edad se convierten en venerables testimonios de otros tiempos y otras estéticas y geometrías. Es cuestión de paciencia.

Y es que esto de resistirse al consumo es como los propósitos de año nuevo: duran lo que la cuesta de enero; pero, mientras se mantienen, le prestan a uno la ilusión de ser mejor.

Publicado el martes en el Diario.

1 comentario:

Antonio Serrano Cueto dijo...

José Manuel, te he dejado un regalito en mi blog.