domingo, septiembre 07, 2008

PINTURA RÁPIDA

Concurso de pintura rápida en U. Acude uno al reclamo para acompañar a un par de amigos pintores, y también para disfrutar un poco del ambiente. En esto último, desde luego, no quedo defraudado: llamaba la atención cómo la vida cotidiana de esta zona del pueblo se había retraído discretamente ante la presencia del centenar de pintores que ocupaban calles y plazas, sin que se produjera la menor interferencia en la labor de éstos. El tiempo, eso sí, no fue sido demasiado propicio: lloviznó todo el día. Pero pude ver cómo algunos vecinos abrían sus portales a los pintores, y otros les prestaban sombrillas y paraguas.

Yo, naturalmente, no venía a pintar, lo que en mi caso hubiera sido una pretensión desmesurada. Venía solamente con la intención de pasear y curiosear. A los pintores no parecía que esto les molestara demasiado. Alguno se disculpaba por lo poco vistoso del cuadro en su estadio inicial, como si uno estuviera allí para pedirles cuentas por la marcha del trabajo. Otros se daban un poco de importancia ante uno, y retrocedían unos pasos para observar el efecto de la última pincelada, como hacen los pintores de pega en las películas. Otros, en fin, se pegaban más al lienzo, como para estorbar en lo posible la mirada del curioso; pero lo hacían más por timidez, creo, que por rudeza. Los había que llevaban unos equipos magníficos, que desplegaban a su alrededor con la decisión de un general que planta su estado mayor en un lugar favorable para dirigir la batalla; otros, en cambio, se las aviaban con unos arreos modestísimos; y hasta vi a uno que, a falta de pinturas, dibujaba en una cartulina con un bolígrafo. Pero yo creo que lo hacía para llamar la atención, porque ya se sabe que el temperamento artístico incluye ciertas formas de exhibicionismo, y nunca se puede excluir del todo la posibilidad de que algún periodista falto de tema o algún mecenas desnortado convierta al del bolígrafo en la estrella de la jornada; cosas más raras se han visto.

Yo también llevaba mi libreta de dibujo y unos lápices, para entrar en ambiente. Y tomé unos apuntes de un par de rincones pintorescos; más que nada, para tener la oportunidad de sentarme un rato y observar lo que pasaba a mi alrededor. También en esto había su diversidad. Unos llegaron puntualmente a primera hora y pusieron rápidamente manos a la obra; otros se dejaron ver por allí a media mañana, como recién caídos de la cama, y no comenzaron su tarea hasta haberse dado una vuelta por los alrededores y saludado a los amigos. Unos hacían frecuentes paradas para fumar, comerse un bocadillo, acercarse al coche a buscar unos pinceles o un tubo de pintura; otros no se apartaban de su caballete. En esto, mis dos amigos representaban los dos extremos. Uno de ellos tenía su rincón elegido desde hacía semanas, y se presentó puntualmente en su puesto antes de que alguien pudiera ocuparlo. Se puso de inmediato a lo suyo y, si no hubiera sido porque alguien le acercó uno de los bocadillos que repartía la organización, se hubiera quedado sin almorzar. Me comentó incluso que arrastraba un molesto dolor de cabeza, pero se había tomado un par de pastillas e iba tirando. Al otro, en cambio, me lo encontré por la calle. "¿No estás pintando?", le pregunté. "Sí, Pero he venido a ver cómo le va a...". Me ofrecí a acompañarlo a su puesto, para ver lo que pintaba. Por el camino, me invitó a visitar un par de estudios de pintores locales, y en eso estábamos cuando me tropecé con un agente inmobiliario al que yo conocía, y que, como entendió que estábamos buscando casa, nos mostró una que tenía en venta. Y, mientras tanto, la pintura de mi amigo abandonada y expuesta a la lluvia. Menos mal que, cuando llegamos, un alma caritativa le había colocado una sombrilla, para protegerla.

Así echamos la mañana. Después del almuerzo, volvimos a recorrer las ubicaciones de los conocidos y fuimos al lugar concertado para la entrega de los cuadros. Éstos empezaban a llegar. Y ya empezó uno a hacer sus cábalas. Había cuadros para todos los gustos y estilos, excluyendo el informalismo extremo: se ve que aquí, gracias a Dios, no tienen mucho predicamento esos cuadros consistentes en unas cuantas pinceladas rojas y otras tantas verdes o azules o amarillas, y que suelen titularse "Cromatismo 7", o, más misteriosamente, "Sin título, 3". No. Aquí todo el mundo aspiraba a demostrar sus aptitudes, y había varios cuadros de un nivel técnico muy alto. Sólo que, como los tiempos son lo que son, y ningún jurado va a poner la mano en el fuego, sin más, por un simple paisaje resuelto competentemente, los concursantes más avezados ponían en juego sus trucos; que consistían, mayoritariamente, en disimular la pericia técnica con la inclusión de algún elemento distorsionador que aportara la necesaria nota de modernidad.

El jurado, como no podía ser menos, entró al trapo. Los cuadros premiados con el primer y segundo premio, por ejemplo, fueron cuadros bonitos, decorativos, misteriosos. El primero consistía en una cerrada neblina gris de la que emergían unos rectángulos blancos, espectrales, que sugerían unas casas, y el esqueleto de un árbol. Dio la casualidad que este pintor estaba en uno de los lugares que yo elegí para hacer mis apuntes: una especie de mirador desde el que se contemplaba, con deslumbrante nitidez, pese a la llovizna, una espléndida vista del pueblo. Efectivamente, había un árbol situado en primer plano. Pero éste era frondoso, y no el tronco desnudo que aparecía en el cuadro. Ya sabe uno que la función de la pintura no es la mera reproducción mecánica de la realidad; pero las libertades que este pintor se había tomado con la realidad eran, a mi entender, claramente abusivas; especialmente, para un certamen de pintura al aire libre.

El segundo premio era también un cuadro resultón: en primer plano, un extensísimo prado verde, tras el que se distinguían unas casas de un blanco luminoso. Tampoco se sabía de dónde había salido esa luz en un día nublado. Pero eso era lo de menos: lo destacado del cuadro era que la presencia del prado en primer plano, y la lejanía de las casas, justificaba que la pintura consistiese apenas en una tabla pintada de verde en sus tres cuartas partes, quedando a cargo de la porción restante la justificación, digamos, "figurativa" de ese alarde de color.

No es uno quién para opinar, de todas formas. Y debo decir que, en cualquier otro contexto, los dos cuadros ganadores me hubiesen parecido hermosos y sugerentes. Pero uno estaba allí son sus ideas preconcebidas, y con la convicción de que se le debía cierto respeto al entorno y a la luz; y de que, si uno quiere plantearse retos técnicos que excedan la mirada convencional, para encontrarlos basta con mirar atentamente alrededor, y siempre aparecerá una perspectiva arrebatadora, una textura inextricable, un inasible juego de luces.

Había cuadros que, honesta y humildemente, sí se aplicaban a ello. Entre éstos, el de mi amigo madrugador; que, desde su escondrijo, que tenía algo de agujero, se veía obligado a mirar hacia arriba y resolver un complicadísimo juego de volúmenes en escorzo, que delimitaban sus correspondientes regiones de cielo. Lo entregó casi a última hora, cuando ya estaba a punto de finalizar el plazo. Los lugares mejores del local estaban ya ocupados, por lo que tuvo que dejarlo en el suelo, apoyado en las patas de los caballetes que sustentaban los cuadros que habían llegado antes. Cuando lo vi allí, supe de inmediato que difícilmente la mirada apresurada del jurado podría reparar, en medio de aquel batiburrillo, en un cuadro que, a simple vista, no era más que un trozo de cielo contra el que se recortaba la espadaña de una iglesia y unos cuantos tejados. Lo otro, la luz, el tiempo atrapado, la intensidad de esa mirada proyectada hacia las alturas, apenas era apreciable en medio de todo ese tráfago.

Tampoco las circunstancias parecían muy favorables para el cuadro de mi otro amigo, el paseante. Su cuadro era más moderno e informal, pero obedecía a un solo método y no practicaba esas alegres mezclas y superposiciones que tanto gustan a los jurados. Curiosamente, había pintado una vista que coincidía en parte con la que había inspirado el cuadro ganador. Sólo que, en su caso, el paisaje no se había volatilizado en la neblina.

Pero yo era el único que parecía algo decepcionado por los resultados. Los pintores no: ellos celebraban que el ganador fuera un viejo conocido, y que entre los otros premiados hubiera también nombres que ellos apreciaban. Los cuadros habían conquistado su derecho a existir: estaban allí, contra la pared, afirmando su condición de seres dotados de vida propia. Y lo que antecedía no había sido más que el pretexto necesario para su nacimiento. Y bien estaba.

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