domingo, septiembre 21, 2008

RECIPROCIDAD

Galdós, sobre uno de los personajes de La de Bringas: "Para él, la Administración era una tapadera de fórmulas baldías, creada para encubrir el sistema práctico del favor personal, cuya clave está en el cohecho y las recomendaciones". Lo que era válido para 1868, año en que se sitúa la novela, sigue siéndolo hoy. Si acaso, el sistema se ha vuelto más sibilino y la red de complicidad social más amplia, hasta incluir a quienes debieran denunciarlo: sindicalistas, periodistas, escritores como el propio Galdós.

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A K. le encanta que la acaricien, y ella misma se ofrece a las caricias siempre que le parece oportuno. Pero siempre remata la sesión de la misma manera: mordiendo la mano que la soba. No son mordiscos malintencionados: sabemos por experiencia que, cuando quiere sorprender y hacer daño, lo hace sin miramientos. No es éste el caso. Pero creo que ahora la entiendo mejor: he leído en alguna parte que los juegos de los gatos (que, como los de cualquier otro carnívoro, no son más que ensayos para la caza) se rigen por el principio de reciprocidad: los intervinientes se turnan para hacer de cazador y de víctima. Cuando K. se rinde a la mano que la acaricia, se pone en el papel de la presa. Pero hay un momento en el que reclama ser ella la cazadora. Nosotros, naturalmente, le retiramos la mano. Y ahora entiendo que eso debe de parecerle tremendamente injusto.

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En nuestro paseo vespertino, vemos a una pareja de recién casados posando para el reportaje de bodas. El fotógrafo los ha hecho adentrarse en uno de los espigones de piedras irregulares que protegen la playita artificial que remata el Paseo Marítimo. Los novios son tremendamente jóvenes, y se pliegan con timidez a las instrucciones del fotógrafo, que es perro viejo. Vemos a la novia andar con sus zapatos de tacón sobre las piedras, y nos tememos lo peor: de un traspiés, iría a parar de cabeza al agua. Desde el Paseo, los transeúntes se paran a mirarlos. Qué bien repartidos están los papeles: los novios, en su inexperiencia; el fotógrafo, que podría ser el de El ojo público; las viejas cínicas, descaradas, que los miran... Qué grandes actores. Y qué gran director el de esta escena de comedia que no veremos en ninguna pantalla, y de la que no quedará más registro que el de nuestro recuerdo de esta tarde.

1 comentario:

Enrique Baltanás dijo...

Muy buenos los tres. Especialmente el de la gata.