miércoles, septiembre 03, 2008

UN ESPEJITO EN UNA FAROLA

En el polígono industrial que atravesamos M.A. y yo todos los días (a veces, en más de una ocasión) para ir al trabajo han aparecido, de buenas a primeras, unas putas. Están allí a todas horas, aguantando el pleno sol y el relente de la noche. La primera vez que las vimos eran dos: sentadas, más bien despatarradas, en la cuneta, parecían simplemente dos adolescentes que se hubiesen bajado de la moto porque una de las dos se había mareado. M.A. incluso estuvo tentada de parar, por si necesitaban ayuda. Pero, al disminuir la velocidad y verlas mejor, no nos cupo la menor duda de que no estaban allí precisamente para recabar auxilios de esa clase.

En otra ocasión, yendo solo, vi a una que había colgado un espejito de una farola y parecía estar retocándose el maquillaje. Vestía unas bragas en forma de pantaloncito, caladas y rematadas por una tira de encaje, y una camiseta a juego, por lo que la escena, que parecía trasladada de un cuarto de baño a aquel lugar sin que la afectada se hubiese dado cuenta, traslucía un inusitado aire de intimidad sorprendida. Era como cierto happening que vi una vez en televisión, que consistía en que una chica habitaba durante varias semanas en una casa de cristal, a la vista de todo el mundo, en pleno centro de una ciudad. Contribuía no poco a esa impresión de escena hogareña el que la chica, delgada y menuda, pareciera también una adolescente a medio hacer. Una de esas adolescentes que, para irritación del resto de la familia, ocupan el cuarto de baño durante horas. Aunque la cara, más bien curtida, denotaba más edad, o más experiencia, o las dos cosas.

Otro día, vimos a dos de ellas acompañadas por unos chicos también muy jóvenes, al lado de una furgoneta, y no supimos si los chicos iban en la furgoneta y habían parado para cerrar un trato, o eran, quizá, parte de la combinación, y estaban allí para velar por el negocio.

En alguna ocasión, nos ha parecido ver a alguna de ellas, acompañada de un hombre, adentrándose en la marisma que flanquea la carretera. No es la primera vez que se ven esta clase de cosas por estos parajes. En general, no duran mucho, me imagino que porque, pese a la relativa abundancia de lugares tan desolados como éste, la red de carreteras de la Bahía está demasiado frecuentada y expuesta a la vista pública como para soportar durante mucho tiempo una actividad que requiere cierta discreción.

(Y a ver cómo termino esta entrada, en fin, sin incurrir en sentimentalismos o en sociología de sobremesa; y sin incurrir, sobre todo, en el cinismo, que es lo que, a la postre, más daño hace.)

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