lunes, septiembre 15, 2008

UN VIEJO EN UNA HARLEY DAVIDSON

Al afeitarme esta mañana me noto la cara irritada por el sol de ayer. Las mañanas frescas de los días anteriores nos habían hecho pensar que era posible pasear por el campo a pleno sol. Nos equivocamos, claro, pero sólo en lo que a la temperatura y la intensidad del sol se refiere, porque la luz era inconfundible: más matizada, como virada un grado hacia el anaranjado o el rojo; con el resultado de que todos los colores parecían sobreañadidos a un fondo dorado, que es el que definía la tonalidad general, igual que el color que se utiliza para imprimar el lienzo es el que define la temperatura general del cuadro. Los tonos eran los del verano, pero con una tendencia a la saturación: mientras la luz veraniega tiende a aplastar los volúmenes, y hace que lo visible se presente como una superficie plana, igual que una foto, esa luz tendía a destacar e individualizar los objetos, y la imagen resultante podía compararse, más que con una foto en papel, con un holograma o una imagen impresa sobre cristal e iluminada desde dentro. El otoño se hacía notar, aunque el sol no hubiese renunciado a su inclemencia de otros días, como uno de esos viejos desnortados que, a los sesenta años, siguen gastando modales y atavíos de niñato, y se bajan de la Harley Davidson a la puerta del bar con actitud desafiante.

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Leída en voz alta, la prosa de García Márquez suena mejor. Y uno que creía que eso sólo pasaba con los malos poetas.

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Lo dormido durante el fin de semana sirve para zanjar la deuda de sueño; pero no para acumular fondos, a cuenta de los madrugones que vendrán.

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