viernes, octubre 31, 2008

AHORRO

Como estamos en crisis, proliferan los estudios sobre los modos de ahorrarse unos céntimos en los gastos cotidianos. Al final, nos dicen, esos céntimos ahorrados aquí y allá suman cientos, e incluso miles, de euros al año. Si se conduce de determinada manera, por ejemplo, sin dar acelerones, manteniendo una velocidad moderada y constante y cuidando que la presión de los neumáticos del coche sea la correcta, ahorra uno cuatrocientos euros al año; si busca uno los supermercados más económicos, la ganancia puede llegar a los mil quinientos… Y así, hasta el infinito. Hace uno la suma y cae en la cuenta de que, calculando por lo bajo, podría uno ahorrarse el sueldo de uno o dos meses. Lee o escucha uno las sorprendentes conclusiones de estos estudios y la fantasía se le dispara: ¿y si, efectivamente, pudiéramos prescindir de esos gastos superfluos y recuperar el tiempo que empleamos en ganar esas cantidades? No podría uno marcharse al Caribe, porque entonces no habría ganancia, pero sí pasear, leer libros, tomarse su tiempo para conversar con la gente, aprender a dibujar o a tocar la guitarra… O, si se tiene el perfil más de tacaño que de filósofo contemplativo, podría uno echar diariamente los céntimos ahorrados en una hucha y disfrutar con el tintineo de las monedas conforme van llenando la panza del cerdito de barro, hasta que dejan de tintinear, y eso significa que el cerdo está ya bien cebado.

Cosas así se le ocurren a uno cuando escucha a los apóstoles de la nueva religión de la austeridad y el ahorro. Y, como todas las fantasías, éstas duran lo que el acto de imaginarlas: en cuanto despertamos, comprendemos que no merece la pena recorrer dos manzanas para ahorrarse unos céntimos en lo que podemos comprar al lado de casa, o que no puede uno conducir siempre como un piloto automático. Además, pensamos, rara vez tiene uno la ocasión de constatar el ahorro en términos contantes y sonantes. Si la barra de pan nos ha costado cinco céntimos menos en el colmado de hoy, nadie sale corriendo a depositar esos cinco céntimos en la hucha; más bien, la sensación de ganancia nos animará quizá a gastar un par de euros en una caña de cerveza, o en un clavel para la solapa. Los ahorros menores, lo saben los comerciantes sagaces, no son más que estímulos para gastar más. Por eso no hay supermercado que no ofrezca descuentos, algunos realmente sorprendentes. Si fuéramos tan listos como para abastecernos sólo con éstos, ahorraríamos mucho. Pero andar con tales miramientos ensombrece el ánimo y acaba creándonos una onerosa mala conciencia de avaro.

Otra cosa sucede con los auténticos pobres, los que acrecientan las colas de los comedores de caridad. Pero con ellos no va ese cuento consolador de que cada vez que gastamos seis mil euros, pongo por caso, de una manera sabia, ahorramos doscientos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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