lunes, octubre 20, 2008

CAVIAR

Hay conjunciones de ruidos cuya resultante no es otra cosa que silencio. El chapoteo del mar, por ejemplo, movido por un viento leve, bajo un cielo que amenaza lluvia, en ese momento inmediatamente posterior a la puesta de sol en el que las cosas parecen quedar suspendidas en la indefinición de la luz. Objetivamente, ningún ruido de la ciudad ha dejado de sonar. Pasan algunos coches, hay gente paseando, debe de haber televisores y radios encendidas en alguna parte. Pero nada de eso cuenta, porque el silencio lo domina todo. Caminamos casi respetuosamente, un poco asustados de la resonancia de nuestros propios pasos sobre el pavimento del paseo marítimo. También ellos suenan como ruidos superpuestos, extraños a la nota dominante de contención general. Cómo quisiéramos para nosotros, en este momento, los andares silenciosos de los gatos o el callado deslizarse de las bandadas de aves sobre la marisma. Tal vez por eso apretamos el paso, como si toda esta sensación de inminencia no fuera más que la mera amenaza de que va a llover, y mucho.

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Confesemos una vez más nuestra (y discúlpeseme el plural mayestático) afición a ciertas inclasificables producciones del cine español. Las viudas, por ejemplo, de 1966. Tres episodios en los que se recrean los tópicos misóginos más burdos. El primero, de Pedro Lazaga, absolutamente insalvable: de cómo los apetitos insaciables de una mujer llevan al marido a la consunción y a la muerte. Mejor el segundo, en el que un sensible Julio Coll consigue transmitirnos toda la melancolía del adúltero a su pesar, encarnado por un espléndido y naturalísimo Alberto Closas. Y entre disparatado y cáustico el tercero, dirigido por José María Forqué, en el que la desconsolada viuda descubre la doble vida que llevaba el difunto (José Luis López Vázquez) y decide resarcirse. Lo interesante de este cine es la tensión que revela siempre entre el talento, que lo hay, y las limitaciones, que son muchas y de muy variada índole. Hay un placer inseparable del hecho de hallar perlas en el fango. Algunos dirán que el esfuerzo no merece la pena. Pero peor es el que exigen otras películas que vienen precedidas por su prestigio, y a las que nosotros no le vemos el mérito por ninguna parte.


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A falta de su pienso, que se nos ha acabado, le hemos dejado a K, un plato lleno de briznas de salchichón, para que pase la mañana. Pero, lejos de darse el festín que imaginábamos, lo ha dejado casi intacto, y apenas ha comido nada hasta que le hemos servido su comida legítima. Que es lo que haría un hambriento si, en vez de llevarle un bocadillo, le pusiéramos por delante unas latas de caviar.

2 comentarios:

Profesor Franz dijo...

Pienso más bien que K quería mostrar su malestar por que su familia se hubiera olvidado de comprarle pienso. La ofensa pesaba más que la necesidad.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, ella tiene esos gestos.