martes, octubre 07, 2008

COMPRAS

En las tiendas de esta galería comercial no han leído a Ortega, pero andan a medias fascinados y aterrorizados por el poder de las masas. En la primera que entro te dan una cartulina grande con el número de prendas que llevas cuando accedes al probador, para que a la salida cuadren las cuentas. Se siente uno un tanto vejado ante esta muestra de desconfianza, pero se la toma con filosofía: cuántas prendas deben de haberles robado para que tomen una medida tan drástica. A sabiendas, al salir del probador me dejo la cartulina colgada del perchero, y espero la regañina de la dependienta. Pero mi desafío no surte efecto: la muchacha recoge los dos pares de pantalones que le entrego y, por mera fórmula, me pregunta si no voy a llevarme ninguno de los dos. Reconozco su ironía: ella ya sabía que ninguno de los dos iba a quedarme bien.

Pero más me llama la atención esta otra escena, en la siguiente tienda. Como una imagen traída del pasado, veo en una esquina, junto a los probadores, a un dependiente planchando las prendas que la clientela manosea y deja en cualquier parte. Es un chico atildado, con los labios apretados en un rictus de resignación. Y me recuerda a aquellos dependientes de mi infancia, faltos de sol y vitaminas, algunos de ellos con una cinta métrica colgada del cuello. Extendían media tienda ante uno; mejor dicho, ante la madre de uno. Y aguardaban pacientemente a que ésta diese su conformidad a alguno de los artículos expuestos a su consideración. En caso de duda, intervenían ardientemente a favor de la prenda: si te quedaba grande, decían que era "completita"; si te estaba pequeña, aseguraban que daba de sí. Si la clienta reclamaba un descuento, fruncían el ceño, pero hacían sus cuentas y encontraban siempre un margen para rebajar unas pesetas. Era un trabajo ingrato y mal pagado. Pero ellos se mantenían dignos en su papel, y nunca vi a ninguno condenado a planchar ante el público. En eso se ve que han empeorado las condiciones de trabajo.

En el tercer comercio una chica me convence para que suscriba una tarjeta de la franquicia en cuestión, con la que me asegura que obtendré pingües descuentos en futuras compras. "El chico ése que iba antes que usted tiene ya acumulados veintisiete euros". Ante la perspectiva de semejante margen de beneficios, accedo a rellenar una cartulina con mis datos. Y una vez que la chica la tiene en su poder, exclama, para que la oiga toda la clientela: "Muy bien. Aquí tiene su tíquet. Lleva un descuento de... cuatro euros, válido durante un año". Me voy un tanto corrido, como cuando mi madre regateaba el precio de la prenda con el dependiente y éste accedía a rebajarle unos duros. En esto también hemos empeorado.

A la vuelta, paso de nuevo por delante de la tienda del planchador. Ahí está el pobre: por mucho que se afane, nunca podrá tener planchadas todas las prendas que la clientela arruga. Y pienso en el poema de Vallejo: "Dónde estarán sus manos que en actitud contrita / planchaban en las tardes blancuras por venir". Pero, si no leían a Ortega, que tan bien les cuadra, tampoco creo que lean esto.

1 comentario:

Mery dijo...

Jamás hubiera imaginado a un dependiente planchando en la tienda misma. Claro que vista la mala educación de la clientela, que soba las prendas y las deja tiradas con desgana, ya no me extraña nada.

En cuanto a Ortega, al que admiro en toda su obra y pensamiento, me pregunto cuál sería en la actualidad su impresión de "la masa".