miércoles, octubre 08, 2008

CONTABILIDADES

Está parada en la acera, absorta en una de esas largas conversaciones telefónicas que se adivinan enrevesadas como una novela bizantina. Es una muchacha de veintitantos años, con ese aspecto baqueteado y precario de las estudiantes que lo mismo mañana encuentran un empleo de cajera en algún supermercado y dejan de serlo. El autobús atraviesa la zona universitaria; y yo, que veo a la muchacha desde mi asiento junto a la ventanilla, vuelvo involuntariamente la cabeza para fijar los ojos en ella; no porque sea especialmente guapa, que no lo es (tampoco es fea), sino por un mero reflejo, o quizá porque, me digo ahora, debió de recordame a alguien. Y ella, que parecía ajena al tráfago de la carretera, levanta de inmediato la vista, como si hubiera captado con el rabillo del ojo mi movimiento de cabeza tras la ventana acuosa del autobús en movimiento, y me sorprende en pleno acto de mirarla. No se le va una, me digo. Tampoco creo que a su edad necesite llevar una cuenta rigurosa de esta clase de inopinados homenajes, que seguro que le tributan sobradamente, si no sus compañeros, que andan sobrados, sí los profesores, los porteros o el encargado de la cafetería... Pero el caso es que no le ha fallado el instinto, y que mi gesto no le ha pasado desapercibido. Y a saber en qué partida de su contabilidad personal ha apuntado esta mirada mía, que un autobús polvoriento se ha llevado consigo al único lugar donde merece estar: el limbo de los gestos vanos.

2 comentarios:

Antonio González dijo...

A mí este post tuyo me ha recordado otro de Trapiello que tengo copiado por haberlo seleccionado alguna vez para torturar con él a los alumnos de 2º de Bachillerato. Lo copio aquí (lo mísmo que voy a copiar el tuyo junto al de Trapiello). Aunque, ahora que lo pienso, esa mirada instantánea desde un autobús también me recuerda la Oda al niño de la liebre, de Neruda. En fin, aquí va Trapiello:
MALDIGO esa mirada de la adolescente con la que me crucé esta tarde en la calle Zurbano.
Maldigo el momento en que dejó de oír lo que su amiga le venía diciendo, riéndose con ella de esas cosas que hacen reír a las adolescentes. Ese momento en que decidió mirarme a hurtadillas de su amiga, traicionándola a ella, que seguía riéndose, y traicionándose ella misma, que tendría que haber seguido riéndose de las cosas que contaba su amiga.
Maldigo esos segundos en que esa adolescente abrió los ojos de otro modo, los desvió hacia un lado, el lado por el que yo venía, y apretó contra su pecho adolescente esa carpeta que las adolescentes forran con fotos de colores sacadas de una revista; ese momento en que quiso vivir en un segundo todo lo que aún no sabe vivir y vivirá más tarde.
El momento en que nuestros ojos se midieron, como viejos enemigos. Ese segundo irreparable en que al cruzar se rozaron los aires que llevábamos cada uno. Maldigo ese momento.
Maldigo esa mirada porque aun sabiendo que iba tan lejos, no se apartó de ella ni un instante y la retuvo consigo.
La maldigo, sobre todo, porque vi en ella la seguridad que le daba esta etiqueta puesta en su frente como un veneno: peligro de muerte. Y la maldigo, porque sin saberlo, casi me hizo feliz.
(Salón de pasos perdidos.1. El gato encerrado. 1990.)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La verdad que esto de los encuentros breves constituye todo un género, que empieza con el poema "A une passante", de Baudelaire y podría incluir muchos de Eloy Sánchez Rosillo, por ejemplo.

Uno, como es modesto y se cree más bien feo, se abstiene de imaginar que la muchacha en cuestión tenga alguna fantasía al respecto. Lo que pasa es que, para el tipo de contabilidad al que aludo en esta entrada, cualquier mirada vale.

Un abrazo.