viernes, octubre 24, 2008

EL AÑO DE LAS LLUVIAS

En Cádiz hemos hablado mucho del tiempo estos días. Y no porque no tengamos otra cosa de que hablar. A decir verdad, nunca he entendido muy bien el tópico que asocia hablar del tiempo con la falta de cosas que decirse. El tiempo meteorológico define nuestro estado de ánimo, nuestro modo de encarar el paso de ese otro tiempo que se mide en horas. El hecho mismo de que en castellano tengamos una misma palabra para uno y otro indica que, de alguna manera, ambos están muy próximos en la mente del hablante. Y que, cuando decimos que hace tiempo bueno o malo, lo que afirmamos es que el paso del tiempo cronológico se hace perceptible por la mera incidencia de determinados fenómenos atmósfericos que percibimos como favorables o desfavorables. Que los días se diferencian unos de otros porque unos vienen nublados y en otros luce el sol. Más o menos.

Ya quisiéramos que los días no trajeran mayores diferencias. Por eso los fenómenos meteorológicos extremos suponen una doble conmoción: arruinan la confianza en que el tiempo, en su doble sentido, es lo único que fluye con cierta regularidad en nuestras vidas ajetreadas. De pronto caen chuzos de punta, los husillos no dan abasto, se inundan las calles, el agua traspasa los umbrales de las plantas bajas y penetra en los sótanos. Una capa de barro sospechosamente uniforme, formada por tierra arrastrada y desechos regurgitados de los desagües, cubre vehículos y enseres. Y el agua, que es principio de vida y alimento universal de todo lo que crece y alienta, se convierte en un implacable agente destructor que se filtra en las cosas y las corrompe. La gente contempla el fenómeno con una mezcla de asombro y desesperación. No esperaban eso del tiempo, no esperaban que su entorno resultara tan vulnerable, no imaginaban siquiera (o quizá sí) que todos los mecanismos previstos para conjurar esta clase de catástrofes fallarían estrepitosamente. Unos claman contra el destino, otros demandan a las autoridades municipales. Y ambas cosas, clamor y denuncia, no son sino expresiones de una misma indignación.

Pero las aguas vuelven a su cauce (y qué oportuna parece aquí la frase hecha). Los vecinos limpian sus zaguanes y garajes, los coches embarrados van desapareciendo de la vista, no sé si porque se los han llevado al desguace o porque han podido repararlos. Y de todo esto queda como una especie de poso sentimental. Dentro de algunos lustros hablaremos del Año de las Lluvias, como Quiñones hablaba en cierto poema del Año de la Ballena. Y el recuerdo hasta nos parecerá agridulce, como nos lo parecen ya algunas de las imágenes que se han tomado de la catástrofe, en las que las aguas desbordadas resultan hasta fotogénicas. Más lo serán en el recuerdo. Como lo será la evidencia de que, en ese año de ya no tan infausta memoria entonces, todos éramos más jóvenes.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Mery dijo...

SI, la lluvia o el sol, la niebla y el viento, marcan el paso de nustros dias, como perfectos relojes de arena que se giran con un golpe rápido de mano.