domingo, octubre 05, 2008

EL ESPEJO

Suele ocurrir: el sábado todavía arrastra uno el cansancio acumulado a lo largo de la semana, agravado por la velada un poco más larga de la cuenta de la noche del viernes. Pero le echa uno buena voluntad y un optimismo más o menos justificado, que da en creer que las cosas se enderezarán por sí solas a lo largo del día. Es también un día de cierto abandono personal: no te afeitas, te echas encima lo primero que te viene a la mano, sales a la calle con un vago despego hacia ti mismo, como si las tareas ligeras y rutinarias de hoy (ir al mercado, ordenar un poco la casa, leer un rato, dar un paseo por el campo al atardecer) no exigieran el grado de alerta y autoconciencia con que sueles afrontar tus deberes cotidianos. O eso creías, hasta que te viste en aquel espejo: uno de esos despiadados espejos de zapatería, que devuelven las imágenes con nitidez desacostumbrada y parecen contener un mundo más patente y real que el otro, el que le proporciona las imágenes que refleja. Quién te mandaba comprarte hoy unos zapatos. Te cuesta admitir que ese tipo con ojeras, sin afeitar, y al que la ropa vencida de ayer le queda un poco grande, eres tú. Pareces un pordiosero, un derrotado, un pobre hombre. Has sido víctima de tu propia inadvertencia. Al llegar a casa, lo primero que haces es darte una larga ducha purificadora, afeitarte cuidadosamente, ponerte ropa limpia y alegre. Ahora sí. Ahora ya estás a tono con el carácter festivo de la jornada. Pero todavía esa noche, mientras descorchas el vino de la cena, temes que alguien llame a la puerta inoportunamente y, al abrir, encuentres al indigente de esta mañana, que ha venido a exigir lo que fue suyo.

4 comentarios:

Eduardo Flores dijo...

Lo realmente interesante de todo esto es la pregunta: ¿Quién es quién en realidad? O quizá, mejor dicho: ¿Quién de esos dos (igualmente extraños) vive de verdad?

Un saludo,
Eduardo Flores.

Mery dijo...

Siempre existe el otro, acechando, expectante, para reclamar su sitio.

Un abrazo

E. G-Máiquez dijo...

Y dichoso tú al que la ropa vencida le queda grande. A mí cada mes más estrecha.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muy bueno, Máiquez.