domingo, octubre 26, 2008

EL MÍTANO

Otra vez por la zona aquella por la que nos perdimos hace unos meses. Y aunque en esta ocasión vamos acompañados por unos amigos que conocen el terreno, nos asalta de nuevo la sensación de estar metidos en un laberinto, de que no hay referente que no sea ambiguo o engañoso, y de que cada señuelo dudoso, cada encrucijada confusa, no es sino una añagaza del lugar para preservar su privacidad. Buscamos la casa del Mítano. Y si, finalmente, damos con ella, es sólo porque nuestros guías han confiado más en los referentes geográficos mayores (tales o cuales picos en el horizonte, por ejemplo) que en los hitos del camino que creen reconocer. Porque se diría que un genio maligno juega todas las noches a cambiarlos de sitio, y que la encina caída, que ayer estaba en tal lugar y parecía una referencia muy segura, hoy está en este otro con el solo propósito de confundir.

Pero se agradece. Sólo gracias a este celo en ocultarse, el paraje entero se nos aparece milagrosamente intacto. Las encinas huecas, en cuyas cavidades caben varias personas en pie, no están profanadas por inscripciones o pintadas. Y hay lugares en que las setas alcanzan un tamaño tan desmesurado, que uno casi no comprende como estas estructuras blandas y frágiles han podido crecer de esa manera sin que nadie las haya pisado o arrancado. Pasamos junto a ellas casi de puntillas, como si no quisiéramos, no ya rozarlas o quebrarlas, sino ni siquiera turbar su silencioso crecimiento.

Hasta que llegamos a la casa, que se encuentra en una especie de meseta que domina un valle vertiginoso por el que, en periodos de lluvia, el agua se precipita en espectaculares cascadas. Hoy no las hay: sólo unos hilillos que manchan los farallones blancos. Huele a tomillo, a poleo, a mastranto (que es una especie de hierbabuena agreste, no comestible). Los majoletos están cargados de bayas rojas. Y las zarzas forman macizos laberínticos en los que, llegado el momento de volver sobre los propios pasos, es fácil perderse.

Almorzamos a unos pasos de la casa en ruinas. Nuestros amigos nos dicen que su lastimoso estado es reciente; que, hasta no hace mucho, los dos edificios que la forman conservaban sus cubiertas. Ahora no: la viga maestra, que es, o era, un largo tronco recto, yace rota en medio de los muros medio desmoronados. Quedan vestigios del tiro de la chimenea, de las alacenas, del horno. Quedan también algunos enrejados y muchas tejas rotas. Hace años, este lugar aislado albergó una o varias familias y mantuvo una actividad que se adivina boyante: la estancia para el ganado es amplia, y hay restos de otras construcciones auxiliares.

Pero lo que nos llama la atención es el aprovisionamiento de agua: examinamos la espectacular fuente con dos pilones y vemos que el agua le llega por una larga conducción protegida por losas de piedra que se remonta hasta un nacimiento situado a cierta distancia. Seguimos la conducción hasta encontrarlo, en medio del laberinto de zarzas: una cavernilla resonante y honda, que huele a entrañas de la tierra, y en cuyo interior se oye caer un tenue chorro.

Al regreso, la ruta parece más nítida. En vano nos esforzamos por memorizar tal o cual hito del camino: sabemos que el genio del lugar hará cuanto pueda por trasmutarlos o hacerlos irreconocibles. Tenemos la sensación de que el paisaje se va cerrando tras nuestros pasos. Cuando alcanzamos el pueblo y miramos hacia atrás, sólo vemos una masa hosca de piedra y vegetación, que parece haberse tragado todas nuestras impresiones y sólo por un infrecuente acto de clemencia nos ha dejado escapar.

2 comentarios:

Eduardo Flores dijo...

Estas simpáticas a la vez que intrigantes narraciones de tus aventuras campestres, despierta en mí cierta nostalgia. Me lleva al recuerdo de un tiempo no muy lejano, en el que como al niño yuntero mi ser cada vez era más raíz y menos criatura.

Por otro lado José Manuel, darte mi enhorabuena o más bien, mi aplauso. Eres un escritor prolífico sobremanera. El éxito del blog es más que un hecho.

Un saludo,
Eduardo Flores.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Eduardo. El hecho de contar con tan buenos lectores contribuye no poco a que no falte a estas citas.
Un abrazo.