viernes, octubre 03, 2008

ESMOQUIN

El presidente francés ha prohibido a sus ministros que usen esmoquin. Dice que no le parece decoroso que, en plena crisis económica, se muestren en público vistiendo prendas de lujo. Pero el sentimiento que trata de contrarrestar, piensa uno, no es tanto la posible indignación que esas exhibiciones puedan despertar en los ciudadanos, como la mala conciencia de una casta que se sabe inmune a los efectos de la mala racha. Digo yo. Porque, si vemos la cuestión en términos históricos, podrá comprobarse que en las gentes sencillas nunca han hecho mella las afectaciones de modestia de los poderosos, y en cambio las exhibiciones de lujo, cuando se sabe que obedecen a un simple dictado de representación, siempre han ejercido un sano efecto euforizante. Lo saben los ingleses, que siempre que pueden pasean a su reina en su carroza de oro y diamantes. Y nunca dejan de ir a aclamarla, aunque la mayoría de ellos vivan en modestas casas de ladrillo rojo que huelen a carbonilla y a manteca quemada. Para eso van a verla: para vislumbrar un mundo que no huela a carbonilla y manteca. Y por eso, mientras en el continente las naciones se iban rebelando contra sus viejos monarcas, y las guillotinas ejercían su misión purificadora, los ingleses redoblaban su devoción a la monarquía; entre otras cosas, porque habían visto que las coronas, una vez desaparecidas las cabezas que las portaban, no eran fundidas y repartidas onza a onza entre la gente; y que, incluso en el caso de que así se hiciera, por una onza de oro más o menos no cambiaba la suerte de nadie.

En otros lugares han hecho lo contrario. Mao obligó a todos los chinos a vestir una especie de mono azul; y ha tenido que pasar medio siglo para que sus herederos se den cuenta de que, para que la riqueza cunda, hay que hacer todo lo contrario: permitir que la gente siga su natural instinto a diferenciarse; y que quienes puedan luzcan sobre sus palmitos las prendas más lujosas, cuya elaboración y comercialización genera un saludable flujo de recursos. No se entienda esto como una requisitoria contra las dictaduras de izquierdas: también entre los tiranos de derechas han abundado los que han presumido de sobriedad castrense, y han intentado imponer esa grisura a la sociedad que dominaban.

No están los tiempos para grisuras. Si algo caracteriza a esta crisis, es el curioso hecho de que el efecto negativo de los fallos que ha registrado el sistema se ha visto amplificado por una especie de voluntad general de no seguir remando en la galera consumista, de no cambiar de coche porque sí, de no entramparse tontamente de por vida. La caída del consumo es mucho mayor que la pérdida real de poder adquisitivo. Nadie quiere llevar esmoquin, aunque pueda permitírselo. Y por eso ahora es el momento de que los lleven los ministros, que para eso les pagamos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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