jueves, octubre 30, 2008

HIELO

Cuando este hombre era un niño, siempre me pareció que tenía cara de viejo. Y ahora que lo es (acabo de cruzármelo por la calle), pienso que sigue teniendo la cara que tenía entonces; es decir: la del niño que era entonces, cuando ya tenía cara de viejo. O, lo que es lo mismo: este hombre no ha sabido envejecer, como tampoco supo parecer joven cuando lo era.

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Rousseau (el pelmazo de Rousseau, en fin) según monsieur Beyle: "Un hombre que, si hubiera sabido abstenerse de una desdichada pedantería, hubiera sido el Mozart de la lengua francesa...".

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Mientras leo con C. el primer capítulo de Cien años de soledad (esto de inaugurarle los libros viene de la infancia, de las noches en que le leía cuentos), caigo en la cuenta de que yo, al igual que el coronel Aureliano Buendía, también podría fechar con cierta precisión el momento en que conocí el hielo: antes de los cinco años; es decir, antes de que tuviéramos frigorífico en casa; en una mañana de primavera o verano, en casa de mi abuela, que tenía una de esas neveras que había que enfriar con hielo en barras. Las traía un repartidor, y duraban varios días. Y con ellas seguramente se enfrió el vino de alguna comida familiar cuyo pretexto no recuerdo. Le cuento todo esto a C.: "Papá, algunas veces me cuentas cosas que parecen de la Edad Media". Y es que la vida de uno podría contarse de dos maneras: diciendo que uno tenía un año cuando apareció el primer LP de los Beatles, o reconociendo que, cuando uno era niño, el reparto de bebidas y otras mercancías por las calles se hacía en carros tirados por mulas.

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Ayer me llegó el estupendo monográfico que la revista Renacimiento le ha dedicado a Eliot. Y hoy me llegan dos nuevos tomos de las Obras de Juan Ramón Jiménez que anda publicando la Diputación de Huelva, más una remesa de libros del suplemento literario en el que colaboro, en la que oportunamente se incluyen los Recuerdos de egotismo de Stendhal. En mi quiosco habitual me he comprado cuatro películas: el Drácula de Tod Browning y un lote de tres títulos de Roger Corman. Definitivamente, habría que poner coto a todo esto. O conseguir del ministro de Cultura una pensión vitalicia para consagrarme del todo a la vida de espectador y lector.

2 comentarios:

Eduardo Flores dijo...

Joder. Algún día tendrías que revelarnos el secreto de la omnipotencia a los demás. Aunque sea por fascículos.

Un saludo desde dos calles más arriba,
Eduardo Flores.

Juan Antonio, el.profe dijo...

Cuando consigas esa ayuda del Ministerio, cuenta cómo lo has logrado.
Has destapado mi nostalgia con la historia del hielo: algo muy parecido me sucedió a mí; aún recuerdo las barras de hielo de las neveras del negocio familiar, un bar de pueblo, al que a diario nos llevaban la ración necesaria de bloques para enfriar bebidas y alimentos.
Y eso me recuerda la máxima de Luis Landero: "acuérdate de que vives en un país lejano". O en la Edad Media, como dice tu hija.