viernes, octubre 17, 2008

HOMBRES-ANUNCIO

Seguramente al leer la noticia de la que trata este artículo, muchos cinéfilos se habrán acordado del final de “Y el mundo marcha”, una vieja película de King Vidor en la que el protagonista, después de haber fracasado en todos sus proyectos, termina aceptando un empleo de hombre-anuncio en las calles de Nueva York. La película data de 1928, y puede verse hoy como una anticipación de la inabarcable crisis económica que comenzaría apenas un año más tarde. Estamos en los umbrales de otra crisis, que los entendidos consideran tan grave como aquella, y leemos en los periódicos que el alcalde de Madrid ha decretado la prohibición de los hombres-anuncio. Será, piensa uno, para ahorrarle a los ciudadanos de bien el penoso espectáculo de ver por las calles el testimonio vivo de un fracaso, de una trayectoria personal y profesional truncada por los coletazos de una crisis que se gestó en los despachos de los especuladores y se ceba ahora en las existencias de los más desfavorecidos.

Dicen que el decreto pretende acabar con la indignidad que supone utilizar un cuerpo humano como soporte publicitario. Pero a mí no me parece más indigno pasear un cartel por la Gran Vía que aparecer en calzoncillos en la contraportada de una revista. Todos somos anuncios de nosotros mismos y de aquello con lo que nos procuramos el sustento. De lo contrario, no se explicaría por qué adquirimos la cara y las hechuras del oficio al que nos dedicamos: por qué a los ejecutivos se les pone cara de águilas de Wall Street, aunque ejerzan en Zamora, o por qué todos los maestros de escuela terminan pareciéndose a los actores que hacen de maestros en las películas. Tengo un amigo que, cuando va a una playa nudista, se distrae adivinando el oficio de la gente que ve. Todos están desnudos, de modo que ninguno presenta signos externos de su dedicación. Pero mi amigo dice: “Ése trabaja en un banco”, y si, por casualidad, logramos acercarnos al aludido lo suficiente para entreoír su conversación, comprobamos que, efectivamente, habla de cosas relacionadas con el oficio que acaban de atribuirle.

Pese a lo dicho, reconozco que no es lo mismo encarnar un tipo profesional que transportar por las calles un cartel de tal o cual negocio. Y la diferencia estriba en que, en el primer caso, el disfraz es inseparable de la epidermis, mientras que en el hombre-anuncio queda manifiesto que el reclamo no tiene nada que ver con quien lo lleva, y que éste se limita a transportarlo. Eso es quizá lo que molesta del hombre-anuncio: sabemos que le importa un bledo aquello que le da de comer. Y que, si pudiera, arrojaría el letrero a una alcantarilla y saldría corriendo. Todo hombre-anuncio sueña con hacerlo. Y todos lo hacen, más tarde o más temprano. Porque ésa es la enseñanza de las crisis: una vez se toca fondo, no cabe más que remontar.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Eduardo Flores dijo...

Lo jodido es José Manuel, y me refiero a la parte final de tu artículo, que debe ser complicado saber si uno ya ha tocado fondo o no. Esa desagradable incertidumbre de no saber cuántos pisos configuran el subsuelo dejan al hombre-anuncio en un lugar bastante favorable, sobretodo si nuestra caída permite otear aquello que se encuentra más próximo.

Un saludo,
Eduardo Flores.

Antonio Serrano Cueto dijo...

En lo de los hombres-anuncio en Madrid hay mucha hipocresía. Si los observas con detenimiento en Preciados, Sol y Gran Vía, adviertes que estos anuncios andantes suelen ser inmigrantes o gente de vida difícil (he visto algunos que, con todos los respetos, parecían toxicómanos quizás en vías de recuperación). Si este trabajo lo ejercieran, por ejemplo, estudiantes Erasmus venidos de EEUU, Inglaterra o Alemania, estoy convencido de que otro gallo cantaría. Por otra parte, mucho más escandoloso que estos hombres-anuncio o el cartel censurado de la película "Diario de una ninfómana" es la política sanitaria de Aguirre en la Comunidad de Madrid.
Saludos.