miércoles, octubre 29, 2008

LOS DEMÁS

Declararse individualista sigue estando mal visto. Y es que hay quien confunde el aislacionismo desentendido y egoísta que practican muchos con la reivindicación consciente de la primacía de lo individual y sus irrenunciables prerrogativas: el pensamiento libre, el ejercicio de la crítica, el celo en la protección de la privacidad e intimidad propias y la negativa tajante a someterse a cualquier credo, doctrina o práctica social, familiar, laboral, etc. que niegue esas prerrogativas. Y los ataques, cuando se producen más allá del círculo familiar o amistoso, que también tiene sus propios recelos al respecto, siempre vienen del mismo sitio: de quienes se sienten más seguros y a sus anchas en el corral espeso del gregarismo (llámese también colectivismo), y pretenden imponer a todo el mundo tan antihigiénico modo de conducirse. Nunca les faltan excusas biempensantes: cuando no es el bien de la familia, o de la empresa, es el del partido o la patria. Y es difícil contraponer a esos ataques una defensa serena, basada en la evidencia de que una individualidad bien pertrechada nunca supone un perjuicio para la colectividad, sino todo lo contrario.

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Lo veo y oigo argumentar y pienso: su contundencia, sus manotazos en la mesa, sus demostraciones de que estaría dispuesto a defender lo mismo a golpes en la puerta de la calle, no vienen dictados por la convicción, de la que carece, sino porque entre el público hay media docena de mujeres jóvenes y guapas, nuevas en la plaza, que lo observan atentamente. Y él se hace ilusiones.

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Por eso lee uno a Stendhal: "Día de primavera, largo baño, Tom Jones, dicha." Un buen día resumido en una línea. O cuando prefigura a Baudelaire: "Mucha gente, ensoñación encantadora durante mi largo viaje por los boulevards." Ese efecto de sueño o pesadilla que causan en uno los demás.

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