jueves, octubre 16, 2008

METADONA

Antes de acostarme, muy cansado, al filo de las once (me había levantado a las seis y media), veo unos minutos de Veinte mil leguas de viaje submarino, de Richard Fleischer... Cuánto me gustó esa película cuando la vi por vez primera en el Cine Sasián, de Puerto Real, en la sesión infantil de los domingos, hará algo más de siete lustros. Cuánto me gustó el libro, que seguramente leí después, en una de esas versiones "adaptadas" de Bruguera. Y cuánta felicidad, en fin, no siempre reconocida, debe uno a Julio Verne, y a esos cines incalificables, y a esos libros traducidos a mordiscos. Otros leyeron la Ilíada a los siete años. Pero uno viene de donde viene.

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Sentado al lado de esta compañera más joven que yo, busco en Google una ilustración para un cuento paródico sobre Tarzán que un alumno suyo ha enviado al blog escolar que administro. Y encontramos aquella pegatina obscena que solía verse en la luna trasera de los coches hace treinta años, en la que se veía al famoso hombre-mono asido a una liana y a su compañera agarrada a... el único asidero que podía encontrar bajo el taparrabos del otro. "El grito de Tarzán", se titulaba la broma. Le explico todos estos pormenores a mi compañera, y le digo que aquella pegatina era muy popular en los años setenta... Ella me mira muy seria. "No sé. Yo no había nacido por entonces".

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Hacía meses que no pasaba por delante de esta librería de viejo. Y paso de largo, no sin sentir cierto temblor inconfundible del pulso. No quiero acrecentar la pila de libros que me reclaman ser leídos. El de Zweig que acabo de terminar me ha abocado a leer despacio los diarios de Stendhal y de Tolstói, más alguna historia menor de éste que tengo medio olvidada. Tengo pendiente el tercer tomo de Paideia, lo que seguramente me incitará a leer o releer no pocos clásicos. Tengo pendiente la reanudación de las Memorias de un hombre de acción. Tengo lectura, en fin, para meses, sin contar las que me vendrán más o menos impuestas por encargos y circunstancias (lo que no significa que no sean, en muchos casos, muy provechosas)... Y, sin embargo, me cuesta resistirme a la tentación de entrar en este baratillo y llevarme media docena de libros más. El malestar llega a ser físico: supongo que eso es lo que siente un drogadicto cuando el cuerpo le reclama la dosis. Paso de largo, como un valiente. Pero la ansiedad me dura todavía un buen rato. Tanto que, al pasar por un quiosco, veo las entregas recientes de varias colecciones de DVDs y, entre ellas, dos películas de John Ford que no tenía. Las compro, por supuesto. Y el efecto balsámico que éstas operan sobre mí debe ser el equivalente al de la metadona.

7 comentarios:

Enrique Baltanás dijo...

Qué buenos los tres.

LUIS SPENCER dijo...

Jose Manuel, somos de la misma edad, también recuerdo perfectamente cuando vi esta magnifica película, que aguanta maravillosamente, es curioso, pero aunque era muy joven, lo que mas recuerdo es la melancoía que me suscitó el destino del Capitán, todo su esfuerzo y sus sueños hundidos. En fin, toda una delicia ese mundo marino en la infancia.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Efectivamente, si uno se identifica con alguien, es con el capitán. Porque los otros, a su lado, parecen afectados de tristeza congénita.

Fernando Valls dijo...

Me sumo a los admiradores de esa película, puesto que me gustó de niño, pero también de mayor.

elquetedije dijo...

el lugar en el que trabajo se está convirtiendo en un lugar triste, en el que de vez en cuando aparecen islas de alegría. La lectura de este blog es una de ellas. Para mí empieza a ser metadona. Gracias

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Siento lo del trabajo. Y me alegro de que estos apuntes puedan servir para distraer de esa tristeza. Un saludo.

Mery dijo...

Con qué deleite y ternura leíamos a Julio Verne y con qué expectación, rayando en ataque cardíaco, veíamos sus adaptaciones cinematográficas.
En cuanto al atasco bibliotecario que te inunda, yo lo llamo "parrilla de salida". Y hay que ver lo que cuesta despejar esa parrilla, donde unos pocos son sustituídos por unos muchos.