jueves, octubre 02, 2008

SINGLADURAS

Dos manifestaciones de un mismo lugar común en un mismo día. ¿Quién dice que los lugares comunes nos llegan siempre gastados y sin fuerza? Más bien habrá que pensar que, si han llegado a serlo, es porque son enormemente resistentes a la repetición. La sirena de un barco en la niebla, esta mañana. Y otro barco, un mercante viejo y herrumbroso, entrando por la bocana, al filo del mediodía, dejando en el cielo neblinoso un espeso borbotón de humo. Melancolía de la partida, de las lejanías, del ánimo que gustosamente cedería al impulso de abandonarlo todo y perderse; resignación de una llegada que equivale a la rendición de las últimas fuerzas. Todo ello vislumbrado o entreoído desde este autobús achacoso que cruza la Bahía sobre el Puente Carranza.

***

K. ya casi sabe hablar. Llego y articula un gruñido que quiere decir: "Ábreme el balcón". Se lo abro y me da las gracias. Otras veces, en medio del silencio de la casa, lanza un largo maullido interrogativo, como diciendo: "¿Ahí alguien por ahí?". Entonces yo la llamo por su nombre y ella, contradiciendo todo lo que se dice de los gatos, acude.

No pierdo las esperanzas de enseñarla a leer pronto, e incluso de matricularla en alguna universidad. Eso sí: una de ésas de provincias, con fama de regalar los aprobados.

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Ya acabé La de Bringas. En el autobús, claro. Y fue entonces cuando levanté la mirada y vi ese barco que decía antes. También ellos habían terminado una singladura.

1 comentario:

Mery dijo...

Cuando un barco llega a puerto a veces lo hace con melancolía, a veces con la euforia de arribar. Con los libros pasa igual.