martes, octubre 14, 2008

VOCES

Nos llegaban sus voces y también el ruido que hacían, amplificados unas y otro por los espacios desnudos de la casa someramente amueblada, dotada sólo de lo imprescindible para acoger huéspedes eventuales los fines de semana. Por el ruido que hacían éstos, ya digo, lo mismo podrían haber sido tres o cuatro que una docena. Oíamos los portazos, el ruido de sus zapatones al bajar o subir la escalera. Oíamos, a ratos, el sonido del televisor o la radio. Pero no era éste el que predominaba, así que, en buena ley, no teníamos motivos para quejarnos: lo que percibíamos no era más que la resonancia natural de la casa llena.

Más nos intrigaba la naturaleza de aquellos ruidos. ¿Por qué no hablaban despacio y pausadamente, como corresponde a un grupo de personas que se supone que han venido a la sierra para escapar por unos días de las servidumbres de la ciudad, entre las que obviamente se cuenta el ruido? ¿Por qué no se movían con más comedimiento? Porque lo que oíamos, al otro lado de la fina pared, eran gritos y bufidos, como si constantemente se arrearan unos a otros en un lenguaje inarticulado. Tardamos en entender que lo que hacían era jugar. A las cartas, primero; luego, a alguna variedad del juego de las sillas, ése que consiste en que un grupo de personas anda en corro alrededor de un puñado de sillas, una menos que los participantes, y a una señal dada todos corren a sentarse y queda eliminado el que no lo consigue. También hubo una fase en que los juegos eran de naturaleza individual, lo que no excluía que se diera cuenta ruidosamente a los otros de los resultados: ¡He batido el récord! ¡He batido el récord!, oímos gritar a uno, precisamente a aquel cuya voz predominaba en las fases en las que parecían arrear una imaginaria yunta de bueyes, y que ahora parecía medir sus fuerzas con una play station. Hubiérase dicho, en fin, que la casa estaba habitada por una patulea de adolescentes. Y no, no podíamos quejarnos, porque no hacían nada que contradijera abiertamente ninguna ordenanza municipal. Sólo hablaban, se movían por la casa, jugaban. Y quizá era la propia casa, con ese empaque perezoso de los edificios acostumbrados a estar solos, la que vengativamente regurgitaba hacia afuera todos los ruidos, como si se negara a digerirlos.

La sorpresa vino a la mañana siguiente, última del breve puente festivo. Desde mi balcón los vi sacar los equipajes, cargar el coche, disponerse al viaje de vuelta. No, no eran una docena, como habíamos llegado a pensar: sólo conté tres parejas. Y no eran adolescentes, sino gente cuya media de edad no bajaba de los treinta y cinco años. Iban bien equipados, como si, en vez de haberse pasado el fin de semana encerrados, hubieran escalado varias montañas y remontado el curso de unos cuantos ríos. Y traían coches buenos, nuevos, de ésos que cuestan el doble que uno normal. Viéndoles dueños de todos esos atributos de la vida adulta, los hubiera imaginado uno más comedidos y discretos; porque, al fin y al cabo, el comedimiento y la discreción siguen siendo, que yo sepa, atributos con cierta significación social, y esta gente no parecía dispuesta a renunciar a ninguno de los que le correspondían en razón de su edad y estatus económico.

Pero no. Los vi marchar con cierta melancolía. Me conmovió esa especie de inocencia inconmovible, esa manera de alimentar la ilusión de seguir siendo eternos adolescentes a los que, si acaso, los deberes de la vida adulta han proporcionado mejores juguetes con los que divertirse. En otro tiempo, esa edad los hubiese sorprendido cargados de hijos y obligaciones. Hacen bien en no correr demasiado. Lo malo es que tampoco la vida es eterna, y que, piensa uno, lo que se logra con esa prolongación excesiva de la adolescencia no es el aplazamiento de la vejez, sino la mera supresión del espacio intermedio, el de la madurez. Pasarán de jóvenes a viejos sin enterarse. Muchos no habrán tenido tiempo ni siquiera de hacer un hijo o dos. Eso sí: en la residencia de ancianos, seguro que siguen siendo los más ruidosos, los que más alborotan cuando sale la azafata pechugona del concurso de la tele, o cuando el equipo de sus preferencias mete un gol; mientras algún tipo como yo, con ayuda de una enorme lupa de lectura, se esfuerza por aislarse del ruido y desentrañar un pasaje de Platón.

1 comentario:

alvaro dijo...

Es que igual no habían ido a disfrutar del campo, sino a conquistarlo: a hacer que se convirtiese en un trocito más de su ciudad.

Lástima que te hayas convertido en un daño colateral de la contienda.