miércoles, noviembre 19, 2008

FACTORES DE RIESGO

Como cualquier otro experimento literario, éste de escribir un diario íntimo a la vista de todos plantea no pocas dudas y alguna que otra paradoja.

Ayer, por ejemplo, en un arranque de inseguridad, suprimí dos entradas anteriores (mejor dicho, dos fragmentos de entradas múltiples) que no terminaban de gustarme: un apunte paisajístico que no expresaba lo que yo pretendía, y cierta escena escatológica que no había podido quitarme de la cabeza, después de habérsela oído en el autobús, el pasado viernes, a una chica que se la contaba a otra en tono de justa indignación... La suprimí porque terminé cediendo a ciertos reparos de buen gusto que ahora no sabría explicar: en mis novelas y cuentos hay escenas peores, que no me han planteado nunca la más mínima inquietud; y no pocos lectores de mi Sexteto de Madrid me han reprochado una cierta afición a lo que a ellos les parece sordidez ambiental, y yo no considero más que una fiel trasposición de escenas y ambientes que a un estudiante con pocos recursos podían resultarle muy familiares hace un cuarto de siglo... No sé, ya digo, por qué suprimí ese pasaje en concreto. Tal vez simplemente atravesé un momento de inseguridad. O tal vez entendí, en ese momento, que estas notas mantienen un tono medio del que no es posible salirse sin incurrir en una cierta disonancia. No sé.

El caso es que un lector ha reparado en esas supresiones y, amistosamente, me ha pedido explicaciones. Cómo explicar que en este cuaderno abierto también son posibles las enmiendas y tachaduras. Que, al igual que las prisas pueden dar lugar a algún anacoluto o a algún error ortográfico, también es posible que éstas lo animen a uno, dado el caso, a ser expeditivo y a despacharse sin el menor reparo contra lo ya escrito, sabiendo que sólo hace falta apretar una tecla para hacerlo desaparecer.

Aunque ya veo que estas supresiones, en las presentes condiciones, no son del todo absolutas; y que, a diferencia de los papeles que uno rasgaba y tiraba a la papelera cuando aún se escribía de ese modo tan antiecológico, este nuevo formato inmaterial deja una huella difusa más difícil de destruir. Bienvenida sea la novedad, que añade un inesperado factor de riesgo a este experimento.

4 comentarios:

alvaro dijo...

No vuelva a intentar borrar nada, señor Anderson. Sus esfuerzos son inútiles.

Anónimo dijo...

Voy leyendo regularmente tu blog. Me gusta mucho, tiene bastante de taller literario.

Vicente Garcia

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muy oportuna la referencia a Matrix; y gracias por la visita, Vicente. Sí, esto no puede ser otra cosa que un taller literario; o, dicho con más modestia: un cuaderno de borrones.

bernardo afín dijo...

Bueno, es como esos libracos, por ejemplo del XIX, en los que en notas el editor reproduce versiones de párrafos enteros que el autor había desechado o cambiado. Se conoce que estaban desechadas a medias.. y que también dejaban huella, como ahora, solo que en el éter, o en el transcriptor de turno.
Desde otro punto de vista, una de mis peores pesadillas ha consistido en no poder borrar del buscador de Internet un artículo que llevó a una penosa confusión. En el caché aparece ya para siempre, por muchas gestiones que haya tramitado para erradicarlo. Ojalá mis "seguidores linchadores" hubieran sido como su lector: contables de párrafos, pero de pura admiración.