domingo, noviembre 09, 2008

A GALERAS

Hay arquitectos que, una vez vistas sus obras, deberían ser enviados directamente a galeras. Por ejemplo, ésos que, cuando diseñan un bloque de viviendas sociales, se aseguran de que el resultado deje bien clara la condición de sus futuros moradores; es decir: que baste ver el edificio para que todo el mundo sepa que allí vive gente sin redención posible. Lo hacen a propósito. Porque supongo que, dentro de ciertas proporciones, cuesta lo mismo levantar un edificio decente que uno de aspecto acanallado y siniestro.

Por ejemplo, éste ante el que paso con cierta frecuencia, y que no está lejos de donde vivo. Es un bloque de viviendas; pero, como está construido en una calle en cuesta, han aprovechado la altura ganada en el extremo inferior de la misma para poner unos almacenes que alquilan a los tenderos de los alrededores. A ellos se accede por un portalón grande, como de nave industrial; y eso es lo que parece el edificio visto desde ese lado: una nave con oficinas, pues eso es lo que figuran las dos plantas habitadas que tiene encima. En el extremo opuesto, en cambio, el edificio sólo levanta esas dos plantas del suelo: la de abajo, que tiene las ventanas cubiertas de malla metálica, y un piso alto en el que, con buena voluntad, se aprecian, ya sí, indicios de habitabilidad normal: persianas, cortinas, luces. La entrada está en la fachada que da a la cuesta, justo en su centro: un portal muy amplio, desprotegido, del que parte un pasillo hondo y oscuro que parece diseñado para que cualquiera que entre allí sienta la posibilidad de ser apuñalado en algún recodo.

Calculo que en este híbrido de nave industrial, búnker y chabola de extrarradio habitan diez o doce familias, que supongo más o menos normales; y que, dentro de sus casas, mantendrán el decoro mínimo de cualquier hogar modesto. Pero lo curioso es que el portal ha sido elegido como punto de encuentro de una veintena de adolescentes y veinteañeros de aspecto absolutamente patibulario. Ignoro qué hacen allí, con qué se distraen, qué les lleva a reunirse precisamente en ese sitio. Ignoro también si algunos de ellos son vecinos de ese mismo edificio. Cruzo la calle en cuesta un poco más abajo, en dirección a una farmacia próxima. Son las ocho de la noche, aproximadamente. Y, apenas he puesto el pie en la otra acera, un coche derrapa al doblar la esquina, irrumpe a toda velocidad en la calle y frena bruscamente frente al portal. Si hubiera hecho esa misma maniobra unos segundos antes me hubiera aplastado.

Los recién llegados entran inmediatamente en tratos con algunos de los allí congregados. Todo parece aclararse, quizá demasiado. Parecen actores mal dirigidos interpretando una escena callejera en un telefilme barato. Porque también puede ser que toda esta furtividad, todo esta atmósfera delictiva, no sea más que mera afectación juvenil, producto del aburrimiento. O resultado, más bien, de la nefasta influencia que este malvado edificio debe de ejercer sobre sus moradores. De ahí lo que decía al principio: a galeras. (Y, de paso, también el concejal de obras públicas que haya promovido el desaguisado.)

1 comentario:

Mery dijo...

Si, a galeras de por vida.
En Madrid hay cada muestra de esto mismo que denuncias en esta entrada, que mejor no hablar de ello.