miércoles, noviembre 12, 2008

MIRADAS

K. es la que más ilusionada parece cuando se recibe un paquete en casa: se acerca a la caja, la olisquea, arrima peligrosamente el hocico al precinto mientras lo voy cortando con unas tijeras y mete la cabeza entre las solapas en cuanto hay espacio suficiente. No importa que dentro no haya nada que ni remotamente pueda interesar a un gato. Ya quisiera uno recibir cajas de sardinas o de bogavantes. Pero, ay, en esta casa no se recibe más que papel. Y el envío de hoy pertenece a la clase más desazonadora: libros propios, de los que de vez en cuando pido a mis editores unos cuantos ejemplares, de los muchos sin vender que tienen en los almacenes, para cumplir con amigos y conocidos.

Bendita K.: ojalá todos los destinatarios de estos papeles malgastados mostraran la misma curiosidad.

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No puedo evitar levantar la mirada de mi lectura cuando el autobús se detiene en una parada. Naturalmente, miro a los que suben. Siempre los mismos: este horario inclemente no admite adhesiones espontáneas. No los miro por ninguna razón especial, y la mayoría tampoco echa cuenta de mi gesto, que en otro contexto podría parecer descarado o indiscreto. Con una excepción: las mujeres guapas, o que creen serlo. Algunas dejan bien claro, con su gesto, que esta mirada mía casi involuntaria sólo puede interpretarse de una manera. Yo me encojo de hombros. No es hora para galanteos. La verdad es que a mí también me mira la gente cuando subo a este autobús. Y también para mí esas miradas tienen un significado inconfundible: son miradas de conmiseración.

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A mí también me gustaría que determinados desacuerdos que mantengo con mi entorno inmediato trascendieran y se convirtieran en polémica pública. Pero tengo un sexto sentido que me dice que, en caso de que tal cosa sucediera, la sensación de vergüenza, propia y ajena, sería mayor que las satisfacciones que pudiera obtener.

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