martes, noviembre 25, 2008

PONERSE BURROS

La sala en la que se celebra esta mesa redonda está decorada con cuadros y fotografías de artistas locales, que le dan un aspecto algo desasistido, un cierto aire de quiero y no puedo que refuerza aún más si cabe el propio desamparo de quienes venimos a oficiar aquí. A algunos de estos artistas los conozco, e incluso los admiro, pero al conjunto le pasa lo que a los escritores de provincias cuando comparecen a mogollón: a los mejores se les contagia un poco la pobreza y falta de recursos de los peores, sin que suceda lo contrario; y el efecto total es más bien descorazonador.

Pero yo no quería hablar de las vicisitudes del arte en provincias, sino de una de las obras expuestas en esta sala. No llegué a acercarme lo suficiente para leer la firma, porque, de haberlo hecho, mi excesiva cercanía a la obra en cuestión hubiera sido mal interpretada, y entre el público había algunas señoras mayores de aspecto notablemente intimidatorio. Se trataba de una fotografía; de un impresionante desnudo femenino, para ser más exactos. Un desnudo frontal, de cuerpo entero. La modelo es una mujer joven, pero de proporciones maduras y generosas. Una pamela amplia le tapa la cara, en lo que tengo observado que es un recurso muy frecuente entre los fotógrafos que utilizan como modelos a sus amigas o a sus propias novias, bajo promesa de que no se les reconocerá en la foto resultante. Ese reflejo púdico acentúa aún más lo desvergonzado del resto: aparte de la pamela, la modelo sólo viste unas medias negras y un liguero de encaje, que enmarca un sexo extrañamente prominente, como el hociquillo de un animal tímido, escondido entre la maleza.

Al entrar en la sala, no puede uno evitar mirar a la jamona y sus atributos. Se lo comento a mi anfitrión. "No, si nos vamos a poner burros y todo", me dice, en un tono en el que adivino que la foto de marras también le ha causado alguna turbación. No le digo que, a mi morigerada edad, para ponerme burro necesito algo más (no mucho más, en fin) que una simple foto, por explícita que ésta sea. Que le adjuntaran un pequeño texto descriptivo, quizá. A uno siempre le han excitado más las palabras que las imágenes. Pero me callo, ya digo, porque no quiero darle a este hombre la oportunidad de presumir de garañón, y que me diga que él "se pone burro" con menos que nada. Siempre he evitado entrar en estas contiendas.

Aunque supongo que lo de "ponerse burros" venía a ser también un reproche indirecto a la, digamos, inoportunidad de ese desnudo. Lo entiendo. Porque quizá lo único cierto que podía decirse de él es que allí estaba fuera de lugar. O algo peor aún: que, con su sola presencia, venía a decirnos que todos estábamos allí fuera de lugar, en aquella sala, a esa hora desabrida de una tarde desapacible, ante aquellos estudiantes aburridos y aquellas señoras graves y censorias. Y que quizá estaríamos mejor todos en nuestros respectivos gabinetes privados, como vizcondes perversos, jugando a deshojar lencerías y a levantar pamelas...

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