domingo, noviembre 02, 2008

QUE ES EL MORIR

Me costaron caras, sí, pero bien que las he amortizado: me han durado, calculando por lo bajo, seis años; quiero decir, seis inviernos tomados por largo, de finales de octubre a principios de mayo. Me han acompañado a todas partes: con ellas me he pateado la sierra de Cádiz y he subido a alguna recóndita ermita de los Picos de Europa. Conocen las rúas de Évora, las callejuelas de Pamplona, las largas calles paralelas de Santander, las aceras sucias de Madrid. Con ellas me he calzado cuando vestía de chaqueta y corbata y cuando llevaba unos pantalones raídos y un jersey viejo. Mis pies, algo blandos y propensos a doblarse (ya una vez lo hicieron, y me partí un metatarsiano), se han sentido con ellas bien sujetos y firmes. Nunca había tenido unas botas como éstas. Y ayer, cuando me las puse por vez primera este año, noté, nada más salir a la calle, una acusada sensación húmeda en la planta del pie derecho. Pensé que no era más que aprensión, de andar sobre el pavimento encharcado. Pero, al llegar a casa y quitármelas, vi que la suela de la bota derecha estaba rajada. Definitivamente, hay que tirarlas ya. Lo haré esta misma tarde, sin más ceremonias, y mañana saldré a comprarme otras; a ser posible, idénticas. Pero no serán lo mismo, igual que no lo fueron otras del mismo tipo que tuve antes. No pensaba yo que se le pudiera tener tanto cariño a un simple par de botas. Y ya ven.

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Ha llovido tanto esta semana que de los cuatro caños de esta fuente salen unos chorros impresionantes, con tanta fuerza que la curva que describen sobrepasa ampliamente las medidas del pilón donde debían verterse. El agua cae directamente sobre el pavimento de la calle y corre cuesta abajo, ya siguiendo la propia pendiente de la vía, ya desbordándose por el lado opuesto y cayendo en cascada por la ladera en la que está asentado el pueblo. Los desaguaderos laterales con que cuenta la fuente, a modo de lavadero o abrevadero, se han desbordado también. Y pueden verse filtraciones de agua en varios puntos del muro de contención, por lo que existe un riego cierto de que el empuje del agua lo reviente. Contemplamos con asombro esta demostración de fuerza. Alguien lamenta el desperdicio. Pero no, este agua no se desperdicia. Lo que hace es buscar furiosamente su curso natural, estorbado por las construcciones humanas. Correrá monte abajo hasta unirse al riachuelo que fluye al fondo del valle. Desembocará en otro río, o en el pantano cercano. Y eventualmente en el mar, que es el morir.

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Almuerzo multitudinario en el restaurante que regenta este joven matrimonio marroquí. Hemos encargado una comida típica de su tierra. Cocina la madre de ella, que ya ha asimilado el recetario local y no se priva de incluir, entre los entremeses, además de los consabidos aliños, unas gruesas croquetas del puchero; eso sí, adobadas con yerbabuena. Luego empieza el desfile: las delicadas pastelas, el aromático tayín, un cuscús en su punto justo... Las raciones son abundantes y cuesta acabarlas. No obstante, son tan apetitosas que nadie puede dejar de comer mientras haya comida en las fuentes. Y lo que nos llama más la atención es el punto de heterodoxia: entre las carnes, por ejemplo, hay cerdo, no sabemos si en atención a la idiosincrasia de la clientela o como trasgresión consciente del código cultural y religioso que los dueños del restaurante han dejado atrás. Yo me inclino más a pensar lo segundo, porque encaja mejor en el aspecto decidido que muestran. Ella, sobre todo: una mujer muy atractiva, de una belleza que se despliega en fases conforme el observador va sorprendiendo en ella nuevos gestos y actitudes. Viste ropa ajustada y, con buen tiempo, gusta de llevar los hombros y la espalda al descubierto, porque sabe que son su punto fuerte. Su madre, una mujer de unos sesenta años, la secunda con decisión, como hacían en España, hace años, algunas madres sabias con las hijas que apuntaban una voluntad inequívoca de emanciparse. La juventud de esta pareja, su inequívoca capacidad de iniciativa y trabajo, y la claridad de ideas con que parecen asumir su programa vital, me confortan inmensamente. Y cuando llega la cuenta, algo dolorosa, doy por bien empleado el gasto. Hay espectáculos humanos por los que bien merece la pena pagar un suplemento.

Imagen: óleo de José Antonio Martel

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