viernes, noviembre 14, 2008

TURISTAS DE OTOÑO

Leo que el muelle comercial de la ciudad ha registrado un lleno la semana anterior. Uno mismo ha podido corroborar el dato: bastaba salir a la calle a media mañana, a la hora del café, para cruzarse con grandes rebaños de turistas, benévolamente pastoreados por sus guías. En medio de lo que dicen que es una de las mayores crisis económicas que se han conocido, confortaba ver ese indicio favorable. Pasaba uno ante una terraza y veía a dos docenas de ancianos centroeuropeos consumiendo sus paellas y raciones de pescado frito a las doce de la mañana; y, a pesar de la repugnancia que experimentaba ante lo intempestivo de la comilona, no dejaba uno de alegrarse por los camareros y por el dueño del bar: conservarán su empleo este invierno, pensábamos. Y casi sentía deseos de que alguno de esos turistas otoñales me preguntara por una calle o por un monumento, para poder aportar así mi granito de arena a la buena impresión que la ciudad había de causarles. Los miraba con envidia: ojalá no fuera uno con prisas, ojalá dispusiera uno del tiempo sin tiempo de los jubilados, y esa receptividad ecuánime, que lo mismo les lleva a emocionarse ante un monumento que ante un plato de gambas.

Si algo bueno tiene el turismo, es que impone a quienes viven de él la obligación de agradar. No todos la cumplen, claro, porque a veces la naturaleza se nos rebela; y, también, porque no todo el mundo ve lo mismo en el turista: lo que para unos es un cliente que puede volver, o animar a sus conocidos a que sigan su ejemplo, para otros es una víctima potencial. Cuando somos turistas participamos de esa doble condición: nos miman o nos roban, según; o nos miman y nos roban al mismo tiempo… Pero hay un límite que no se puede traspasar: al turista no puede recibírsele, pongo por caso, con la hostilidad con que se acoge a la hinchada de un equipo rival, ni con el resentimiento con que las poblaciones pobres asisten a las exhibiciones de los ricos. Cuanto más ricos, mejor, se dice quien vive del turismo, aunque no sea más que desde la humilde posición de un limpiabotas. No importan las diferencias, y casi no importa tampoco lo mal repartidos que están los bienes en este mundo.

En cierto foro recientemente celebrado en nuestra ciudad se ha afirmado que la creatividad genera riqueza. Eso es así, siempre y cuando se presuponga que, además de creadores, hay personas dispuestas a disfrutar de lo creado, y a pagar por ello. Vivimos en un mundo cuya única posibilidad de armonía estriba en la circulación fluida de bienes y servicios. Unos compran, otros venden. Y lo que tanto nos angustia últimamente es que quienes controlan la sustancia que fluye, es decir, el dinero, han amagado con cortar el grifo.

Por suerte, estos turistas apacibles y como de otro tiempo que se pasean por Cádiz no se han dado por enterados.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Anónimo dijo...

Famélicos castaños de Schiele que apenas se sostienen en Birkenau, ni comran ni venden ¿Acaso resultan tan antinaturales?