sábado, noviembre 29, 2008

UN GOYA PARA FRANCO

A este Franco, de nombre Jesús, le ha concedido la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España el Goya de Honor 2008; es decir, ese premio que se da a los cineastas ancianos, y que tiene inevitables visos de despedida. Al leer la noticia, me he acordado de que, en su día, a modo de broma que no lo era del todo, me gustaba contraponer las películas de este singular director con las que veía en los ciclos del Cineclub Universitario o en las retrospectivas de Alcances, la muestra cinematográfica gaditana. “Algún día veremos aquí una película de Jesús Franco”, decía. Lo que se cumplió, por cierto, cuando Alcances proyectó Killer Barbys en 1996. Era mi modo de justificarme: yo veía las ínfimas películas eróticas de Jesús, o Jess, Franco que programaba de madrugada la televisión autonómica, en una época en que los canales públicos creían labrarse así un certificado de osadía democrática. Y la verdad es que, desvergüenzas aparte, había algo que me atraía muchísimo de ellas, y que las emparentaba, en mi opinión, con las que algunos años antes habían filmado Andy Warhol y sus discípulos: eran la demostración palpable de que, siempre que un grupo de gente con ganas de diversión se congrega ante una cámara, inevitablemente empiezan a pasar cosas. Otro director de entonces, Iván Zulueta, abordó esta misma idea en una extraña película en la que una cámara de cine vampirizaba a su propietario. Pero Arrebato, con todo su encanto, no dejaba de ser una película de tesis, derivada de una idea preestablecida. Y eso se notaba.

No así en las películas de Jesús Franco: en ellas no había ideas, sino sólo los tejemanejes que se traían entre manos unos actores que más bien parecían espontáneos reclutados en una discoteca para proseguir la fiesta delante de la cámara. Esas cosas pasaban mucho entonces, y este Franco acertó a filmarlas casi al mismo tiempo que el otro y sus partidarios hacían lo posible por reprimirlas.

Antes de entrar en esta fase, no obstante, la carrera de este director parecía abocada a mejores logros. Fue ayudante de Orson Welles. Y rodó varios títulos de terror que todavía gozan de cierto prestigio. Pero su mayor mérito, a mi juicio, fue mantenerse radicalmente al margen del famélico y subvencionado tinglado cinematográfico nacional, necesitado siempre de pretextos pedantes para justificar el cobro de esas subvenciones. Jesús Franco no adaptó clásicos literarios, ni cultivó la sociología oportunista, ni abundó en historias de la Guerra Civil. Hizo lo que quiso y pudo, siempre con capital privado. Se divirtió lo suyo. Y ahora va a recoger la preciada estatuilla, que a tantos quita el sueño, de manos de quienes representan y hacen justo lo contrario. Y que, a lo mejor, en un inesperado arrebato de cariño, hasta le gritan: Viva Franco. Quién lo iba a decir.

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