sábado, diciembre 13, 2008

CESTAS

Por estas fechas empiezan a llegarles a algunos afortunados las típicas cestas de Navidad. Yo nunca he recibido una, así que todo lo que pueda decir al respecto es pura conjetura. En esto tiene uno algo de personaje de tebeo de posguerra: como ese Carpanta que soñaba con pollos asados. Y no es que uno pase hambre, gracias a Dios, ni pretenda bromear con asunto tan serio. Pero el caso es que uno no ha recibido nunca una cesta de Navidad, no ha experimentado nunca la sensación de rasgar el celofán que las cubre y hundir las manos en las virutas que protegen su contenido. Sí me las he cruzado por la calle, o he viajado junto a ellas en incontables ascensores, algo cohibido por la exuberancia de sus perifollos, como quien comparte trayecto con una dama vestida de un modo llamativo. En mi infancia, recuerdo que estas cestas se exhibían en los vestíbulos de ciertos negocios e instituciones, como testimonios del afecto o la adulación de que eran objeto sus responsables. Y eso era quizá lo que menos procedente me parecía: que semejantes exhortaciones a la gula estuviesen dirigidas a personas que parecían sobradas de recursos para satisfacer sus tentaciones por sí mismos, en vez de a una casa humilde, llena de chiquillos hambrientos.

Hay quien intenta ahora poner de moda las cestas minimalistas y exquisitas, portadoras exclusivamente de chucherías de gourmet. Pero eso contradice la filosofía por la que se rigen las cestas de Navidad, en las que siempre, junto al jamón, las anchoas de Santoña y los turrones, encontraba uno unas humildes bolsas de judías o unas proletarias latas de bonito… Siempre me he preguntado qué pintaban esos productos sencillos y baratos en medio de todos aquellos manjares ostentosos. Tal vez estuviesen destinados a los criados de la casa. O tal vez su misión fuera abaratar un poco el coste de la cesta, porque ya se sabe que los dispendiosos sólo llegan a serlo a fuerza de ahorrar en lo insospechado. Pero la explicación más razonable es que tales alimentos sencillos se incluían para que el efecto del regalo no se limitara a las alegres jornadas en que se consumían los manjares, sino que se extendiera también a los días normales, en los que hasta el estómago más mimado agradece un reconfortante plato de comida caliente. Y entonces el destinatario del regalo exclamaba: “Ah, éstas son las alubias de Rodríguez. Pues no están mal”.

Dicen que la moral que se va imponiendo en estos tiempos de crisis es la de no hacer ostentaciones. Pero, sinceramente, espero que eso no afecte al trasiego de cestas navideñas. En ellas viaja la versión más elemental del lujo. Y la más asequible, quizá, porque una cesta mediana siempre será más barata que un ordenador o una videoconsola. Si yo fuera el presidente del Gobierno, les enviaría una a todos los españoles, para darles ánimo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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