sábado, diciembre 20, 2008

ENFERMERAS CON FALDAS

Se pronunciaron por fin los tribunales sobre el caso de los uniformes de las enfermeras y dieron la razón a la empresa: no hay discriminación en el hecho de que éstas tengan que llevar falda y cofia. Una cosa parece clara: a partir de ahora, más de uno se lo pensará dos veces antes de asumir demagógicamente la defensa de la primera causa “políticamente correcta” que se les ponga al alcance. El consejero de la Junta que se apresuró a pedir que se sancionara a la clínica en cuestión ha quedado en ridículo. Lo mismo puede decirse de los periódicos que han hecho reportajes sensacionalistas al respecto, y del propio sindicato que presentó la demanda, creyendo haber descubierto el punto de Aquiles de una empresa con la que ya mantenía otros desacuerdos. Demasiada gente, quizá, creyó que esta tonta cuestión de faldas y cofias podría serle rentable. Y no es que los tribunales acierten siempre: pero esta vez parece que la sentencia, por poner coto a tanta pretensión totalitaria de control sobre aspectos nimios de la vida cotidiana, es especialmente oportuna.

Y hasta se atreve uno a pensar que la sentencia forma parte de un cierto clima de cansancio respecto a las desmesuradas exigencias de quienes pretenden cambiar el mundo por decreto. En el siglo XVIII, el pueblo madrileño se levantó contra cierto ministro que pretendía recortar el largo de las capas y la anchura del ala de los sombreros. Hoy día estas reacciones son más sutiles, y frecuentemente se enmascaran en la moda, pero no por ello son menos tangibles. En los años setenta, muchas empresas hubieron de transigir con que sus empleados llevaran el pelo largo y fueran al trabajo en vaqueros. Dos décadas después, difícilmente encontrará uno en un banco a un empleado con ese aspecto. Ha bastado el cansancio y el sentido común, y el lento pero seguro principio de que la ley que rige para los comportamientos privados y para el tiempo libre no es la misma que rige para el trabajo de cara al público. Y a esto se ha llegado a contrapelo de las casas de moda, de los actores y actrices famosos, de algunos intelectuales y de todos los que creyeron hacer del modo de vestir un acto de afirmación individual contra las normas sociales.

Lo mismo terminará pasando, imagino, con otras cuestiones. Aprenderemos a distinguir lo fundamental de lo accesorio. Lo esencial, supongo, es que hombres y mujeres perciban igual salario a cambio de igual trabajo. Que hayan de llevar falda o pantalones no parece que tenga que ver con ese deseable objetivo. Y hasta es posible que hacer bandera de una simple cuestión indumentaria no sea más que una maniobra de distracción, como lo fue, en los setenta, creer que el mundo cambiaría porque la gente se dejara el pelo largo.

Para desmentirlo, ahí están los melenudos de entonces, que hoy ocupan los puestos de poder.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Octavio dijo...

Ay, los melenudos de entonces... Esos que vivieron el 68 pero que nunca llegaron al 69, y así les va...