miércoles, diciembre 10, 2008

INTERROGANTES

Por el espacio entre los dos asientos delanteros veo que el hombre que ocupa el inmediatamente anterior al mío dirige la mirada a un punto situado justo por debajo de nosotros, al costado del autobús. No puedo evitar mirar en la misma dirección. Y veo que lo que atrae la atención de este accidental compañero de viaje son las piernas cruzadas de la mujer que ocupa el asiento del acompañante del conductor en un coche que se ha detenido junto a nosotros, en un semáforo. La verdad es que son unas piernas muy llamativas, quizá algo gruesas y desbordadas sobre el asiento (aunque eso no es en absoluto un inconveniente), enfundadas en unas medias verdes semitransparentes estampadas con flores. Veo que el hombre de delante ha advertido mi intromisión en su espectáculo. Me mira con un gesto entre severo y cariacontecido. Y es entonces cuando reparo en su rostro: el de un hombre de sesenta y tantos años, de aspecto curtido, como de haber trabajado mucho a la intemperie. Acuso su mudo reproche y vuelvo a mi lectura. Y, por el rabillo del ojo, veo que el coche de al lado arranca y el cruce de piernas se pierde vista, dejando sobre el asfalto una especie de pozo hondo sobre el que flota un interrogante.

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Leo La gata, de Colette, y me digo que a K., tan limpia y casta, no le gustaría verse envuelta en según qué tejemanejes.

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Este juego del "Ya sé que sabes lo que yo sé, y sin embargo los dos actuamos como si no...", etc., sin el que la vida social resultaría poco menos que imposible, pero que tan agotador resulta a veces.

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