lunes, diciembre 15, 2008

PERDERLO

Lleva los pantalones caídos y deshilachados, unas botas de lona sucia y una colección de camisetas, camisas y sudaderas superpuestas sin orden ni concierto, como esas bag ladies neoyorquinas que llevan encima todo su vestuario. Sólo que esta chica no es una vagabunda, y deja traslucir bien a las claras que su estudiado desaliño (que incluye una argolla dorada en el labio inferior, como las que se ponían antes a los bueyes, y el pelo organizado en guedejas estropajosas de aspecto vagamente caribeño) es de los que cuestan el dinero. Vuelve la cara, que es un óvalo perfecto, y clava en mí unos ojos purísimos, en los que no parece que nunca hayan dejado huella el insomnio o el cansancio. Y pienso que la juventud es eso: esa capacidad de salir indemne del daño que sólo uno es capaz de infligirse a sí mismo.

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Leyendo a Bolaño me acuerdo de cierta técnica pictórica que le he visto a mi amigo J.A.M. alguna vez: divide un tablero de DM en cuatro trozos y pinta en cada uno de ellos una versión ligeramente distinta de un mismo motivo, de modo tal que las dificultades que va encontrando y resolviendo en las más avanzadas le permiten progresar con más seguridad en las otras... Bolaño lo explica de este modo: "Nunca aborde los cuentos de uno en uno. Si uno aborda los cuentos de uno en uno, puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco...". Que, ahora que lo pienso, es la técnica que empleé en la serie inicial de mi Sexteto de Madrid.

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Cuando se tiene poco tiempo, mejor perderlo.

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