miércoles, diciembre 17, 2008

SENTINAS

A tenor de una frase leída en un libro, caigo en la cuenta de que hace años que no trasnocho lo suficiente como para ver amanecer. Veo el alba con frecuencia, sí, pero porque entro a trabajar temprano. Y no me duele: antes, cuando veía que el reloj marcaba las dos o las tres de la mañana y yo aún estaba en la calle, experimentaba un sentimiento de exaltación, que bastaba para mantenerme despierto y animado varias horas más; ahora es justo lo contrario: cuando veo que es más de la una y aún no estoy en la cama, me asalta esa especie de angustia que se experimenta ante la pérdida de algo irreparable. Mis amigos, que conocen mi pasado noctámbulo, se divierten a veces reprochándome estas aprensiones. Y yo les recuerdo esa conmovedora confesión de Borges, en la que dice que, de joven, le gustaba la noche, el extrarradio y la vida airada; pero que, en el momento de escribir esas líneas, al filo de la edad madura, lo que prefiere son las mañanas, el centro y la serenidad.

***

Escribo estas líneas con un fondo musical de martillazos: un fontanero está literalmente echándome abajo la cocina, para encontrar el origen de un atasco pertinaz. De vez en cuando me llama para hacerme alguna observación crítica sobre el estado de, digamos, mis sentinas. Y yo lo acepto con humildad, como quien sabe que, sin estos repasos periódicos, seguidos de la consiguiente penitencia, no hay conciencia ni cocina que aguante.

***

Claro que lo mejor fue cuando los golpes del fontanero atravesaron la pared y K., desde la otra habitación, vio confirmadas sus sospechas de que la fuente de todos esos ruidos no podía ser otra que un ratón inconcebible, que ahora asoma su manaza por el agujero.

No hay comentarios: