sábado, diciembre 27, 2008

UN SEGUNDO

El último minuto de 2008, leo en este periódico, tendrá sesenta y un segundos. La cosa no debe de tener demasiada importancia, cuando nadie la ha aprovechado para suscitar el pánico colectivo, como se intentó en el tránsito al 2000, cuando se dijo que los ordenadores enloquecerían al registrar un hipotético regreso al año cero... Ha habido, de todos modos, quien ha sugerido que ese reajuste mínimo de los relojes universales puede acarrear algún trastorno, y que mejor sería contabilizar una hora de más cada seiscientos años… Y si hay máquinas y sistemas que pueden verse afectados por esta ligera distorsión, ¿cómo no va a acusarla nuestra íntima percepción del tiempo? En un segundo se tienen esas revelaciones trascendentales que nos cambian la vida. La que derribó de su caballo a San Pablo no creo que durase más: por el cine sabemos cuántas cosas pueden pasar en ese larguísimo segundo congelado en el que vemos a un jinete caer interminablemente de su montura. También la ciencia recreativa nos ha familiarizado con la idea de que, en relación a la eternidad, tanto vale un segundo como un milenio; y que, en esa escala desmesurada, un segundo es lo que duran los imperios y las civilizaciones, y una milésima de ese segundo es lo que abarca una vida humana. Ese segundo de más que tan alegremente nos regalaremos el próximo treinta y uno de diciembre podría equivaler a ciclos enteros en la evolución y desarrollo de mundos enteros, que nacerán y morirán en lo que tardaremos en echarnos un trago al coleto. Y muchos tragos serán, por cierto, los que se trasegarán de más en todo el mundo si multiplicamos ese segundo añadido por los millones de personas que lo emplearán en brindar por el año nuevo.

Pero estamos acostumbrados ya a estos intervalos de naturaleza fantasmagórica. Todos los otoños, hay una madrugada en la que los relojes retroceden sesenta minutos y nos hacen vivir un tiempo duplicado, en el que es posible que, en un mismo intervalo (pongamos, de dos a tres), uno haya estado dormido y despierto, en casa y en la calle, abrazando a su mujer y a su amante. Y eso sólo puede ocurrir porque, en esa noche enloquecida, el reloj marca dos veces la misma hora.

No hay que restarle importancia, por tanto, a ese segundo de más. En ese segundo fuera de cómputo habrá quienes nazcan y quienes mueran, habrá (en estos tiempos de caos económico) quienes se enriquezcan y quienes se arruinen, habrá quienes salven su alma (recuérdese lo que decíamos de San Pablo) y quienes la pierdan para siempre. Y una cosa es segura: ese segundo que los grandes relojes que contabilizan en tiempo universal añadirán al 2008 será un segundo menos en la cuenta de los que nos quedan por vivir. Por culpa de ese segundo de más, todos moriremos un segundo antes según el cómputo oficial del tiempo. Y eso molesta un poco.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Mery dijo...

Habrá quien piense, como el bolero: reloj, no marques las horas, haz este segundo perpetuo.
Otros querrán rememorar "As time goes by".
En cualquier caso, cierto es que el segundo de mas será un segundo de menos. La matemática es ciencia exacta.